El precio de la altura
El cronómetro sobre el taller de desguace parpadeaba en rojo: 03:12:45. Kaelen observaba el Chatarrero-7, una carcasa de metal oxidado que apenas se sostenía sobre sus soportes hidráulicos. La integridad estructural marcaba un 41% crítico; una cifra que, en la jerarquía de la Torre, equivalía a una sentencia de muerte. Si el examen médico post-combate detectaba la inestabilidad del chasis, la academia lo desguazaría antes del amanecer.
Kaelen abrió la caja de herramientas de su mentor. Dentro, solo quedaban piezas de valor sentimental: una llave de torsión con el mango desgastado por años de uso y un calibrador manual de precisión. Con manos temblorosas, las envolvió en un trapo. No eran reliquias; eran su última moneda de cambio para comprar juntas de sellado y un regulador térmico de segunda mano en el mercado negro del nivel inferior.
Al salir al pasillo, el aire se volvió denso, cargado con el olor a ozono y la arrogancia de los niveles superiores. Valeria lo esperaba junto a los ventanales, flanqueada por dos supervisores de la academia. Su uniforme, impecable y sin una sola mota de polvo, era un insulto visual contra la grasa incrustada en los poros de Kaelen.
—Tu registro de combate ha llegado a la oficina del Decano —dijo Valeria, su voz carente de calidez—. La firma térmica de tu mech es una anomalía técnica. Si entregas el módulo ahora, puedo asegurar que tu expediente se cierre como un error de calibración. Si no, mañana serás chatarra.
Kaelen sintió el peso de la mirada de los supervisores. La oferta era un veneno: entregar el Módulo Prototipo significaba perder su única ventaja, pero rechazarla equivalía a una investigación académica que lo aplastaría. Se irguió, ocultando el temblor de sus manos cicatrizadas tras la espalda.
—Prefiero ser chatarra que un peón en tu juego, Valeria —respondió Kaelen. Su voz resonó con una firmeza que sorprendió incluso a los supervisores.
Valeria no mostró emoción, pero sus ojos se entrecerraron con una promesa de vigilancia que pesaba más que cualquier amenaza física. Se retiró sin decir más, dejando a Kaelen con el peso de su decisión.
De vuelta en el taller, el tiempo se agotaba. Kaelen se sumergió en el pecho abierto del Chatarrero-7. Sus dedos, guiados por la desesperación, recorrieron el cableado. Al sellar la última grieta, el sistema emitió un zumbido seco. De repente, la interfaz parpadeó. Una alerta roja inundó la pantalla: LECTURA DE BATALLA — ARCHIVO DESBLOQUEADO.
El Módulo no solo drenaba energía; estaba reescribiendo los protocolos de control desde dentro. La desviación de control saltó del 18% al 22% en un segundo. Kaelen intentó forzar un reinicio, pero el sistema se bloqueó. El mech comenzó a vibrar con una intensidad antinatural mientras los actuadores se movían solos, como si la máquina estuviera aprendiendo a caminar de nuevo, ignorando los comandos de su dueño. El prototipo no estaba siendo controlado por Kaelen; estaba empezando a controlarlo a él, y el próximo examen médico sería el escenario perfecto para que el sistema colapsara ante los ojos de toda la academia.