La arena de los caídos
El cronómetro del taller marcaba menos de trece minutos para la inspección médica cuando el Chatarrero-7 dejó escapar un quejido metálico. Kaelen, con una mano hundida en el panel abierto del torso y la otra apoyada en la estructura para no colapsar, sintió el dolor en su antebrazo vendado subir como una descarga eléctrica. El visor de mantenimiento no mentía: 41% de integridad estructural. Una sentencia de muerte técnica.
Abajo, en la pasarela del Piso 4, el aire aún conservaba el olor ácido del refrigerante quemado y el polvo metálico de la prueba. Arriba, tras el vidrio blindado, la Torre de Hierro respiraba con la frialdad de los niveles superiores. Kaelen no tenía tiempo para mirar hacia arriba; su prioridad era ocultar la firma térmica irregular que el Módulo Prototipo emitía como un faro en la noche.
El módulo vibraba contra su brazo, una fiebre mecánica que no pedía permiso. Cada vez que Kaelen intentaba cerrar la secuencia de seguridad, el prototipo soltaba un pulso, obligando al chasis a contraerse. No era una reparación; era un cobro.
—Desactivar núcleo auxiliar —murmuró, evitando la palabra "módulo". Las paredes de la academia tenían oídos.
Un aviso parpadeó en su pantalla: Firma térmica irregular. Kaelen sintió un vacío en el estómago. Si los supervisores detectaban la anomalía, el desguace no sería una amenaza, sino un trámite administrativo.
—Unidad Chatarrero-7, retirada inmediata —la voz del supervisor retumbó por los altavoces de la arena—. Si el núcleo se mantiene inestable, será inmovilizado para revisión.
Kaelen enganchó el cierre manual. El dolor le arrancó un gemido, pero la cubierta cedió. Una nube de vapor caliente escapó por las uniones, ocultando el interior. A través del vidrio frontal, vio el silencio de la grada. No era respeto; era la cautela de quienes habían visto algo imposible y esperaban a que explotara.
Entonces la vio. Valeria, en la pasarela superior, inmóvil. Su uniforme impecable contrastaba con la miseria del Piso 4. No había admiración en su mirada, sino una precisión quirúrgica. Ella no solo había visto la victoria; había detectado la anomalía.
Kaelen giró el mech, ocultando el frente. Valeria levantó la barbilla, registrando el zumbido residual del prototipo.
—Kaelen —su voz llegó limpia, cortante—. Si vienes a felicitarme, ahórratelo.
—No fue una maniobra de chatarrero —dijo ella, bajando a la pasarela de servicio. Los supervisores la seguían, tableta en mano. Kaelen sintió el frío en la espalda.
—La suspensión izquierda estaba fallando. Leí el peso —mintió Kaelen, forzando una calma que le costaba la vida.
—No. Hubo predicción. Un patrón de corrección que no pertenece a tu rango —Valeria se acercó, ignorando la orden del supervisor de retroceder—. Quiero saber por qué un chasis al 41% se mueve como si tuviera un núcleo de clase alta.
Kaelen empujó el Chatarrero-7 hacia el acceso del taller. El metal chirrió, pero aguantó.
—Mañana no podrás esconderte tras una explicación de taller —sentenció ella.
—Mañana —respondió Kaelen sin mirarla—, tú tampoco.
Al entrar en el taller, el sistema emitió un pitido seco. La desviación de control marcaba 18% y subía. El prototipo no solo drenaba energía; estaba reescribiendo los protocolos de control. Kaelen desmontó la cubierta, encontrando una grieta nueva en el torso.
De repente, una ventana de diagnóstico se abrió sola. No era un error. Era un paquete de datos sellado, demasiado profundo para ser chatarra. Kaelen leyó la primera línea: Lectura de batalla.
El prototipo no solo estaba sosteniendo al Chatarrero-7; estaba despertando algo enterrado en el sistema. Y con la notificación de su nueva clasificación y el examen médico inminente, Kaelen supo que la verdadera prueba no sería contra Valeria, sino contra el sistema que empezaba a reclamar su mech como propio.