Sincronización forzada
El zumbido del Chatarrero-7 no era el ronroneo armónico de los mechs de clase alta; era un grito agónico de metal fatigado intentando contener un núcleo que no le pertenecía. Kaelen apretó los dientes, sintiendo cómo el sudor frío se mezclaba con la sangre que brotaba de su antebrazo. Allí, los cables de interfaz habían perforado su piel, enlazándose directamente con el Módulo Prototipo.
—Vamos, maldita sea. No te rompas todavía —susurró. Sus dedos, cubiertos de grasa y cicatrices, ajustaron el último perno de la placa de acceso. El chasis del mech crujió, un sonido seco y aterrador. Una grieta, fina como un cabello pero profunda como una herida, se extendió por el panel lateral del torso. El Módulo no solo estaba encajado; estaba devorando la integridad estructural del armazón para alimentar el procesador central con una energía inestable y violenta. Kaelen sintió el latido del motor en su propia columna vertebral. Era una sincronización perfecta, prohibida y, sobre todo, dolorosa.
En el pasillo exterior, el eco metálico de botas pesadas resonó contra las rejillas de ventilación. Los inspectores de la academia no se detenían en los niveles inferiores por cortesía. Kaelen escondió el panel apenas un segundo antes de que la puerta de la bahía se deslizara con un siseo hidráulico. El inspector, un hombre de rango medio con un uniforme gris impecable y un visor de lectura clavado en el aire, entró sin saludar.
—Diecisiete minutos para el cierre de la ventana de preparación —sentenció el inspector, escaneando el Chatarrero-7 con un haz de luz azulada—. El sistema está emitiendo una firma térmica irregular. ¿Qué le has metido a esta chatarra?
Kaelen sintió el aguijonazo en el brazo, donde el Módulo intentaba ajustarse a la red de la academia. Movió dos dedos sobre el mazo de desvío manual, soltando una descarga de corrección en el canal auxiliar. El zumbido del chasis cambió de tono, apenas un semitono, lo justo para enmascarar el pulso inestable del prototipo bajo la firma oxidada del viejo mech.
—Es solo la fatiga del chasis, señor. El metal está viejo —respondió Kaelen, manteniendo la voz firme mientras el dolor en su brazo se convertía en una náusea punzante.
El inspector soltó una risa seca y firmó el pase de entrada en su terminal. —En esta torre, lo sucio es lo que no se puede reemplazar. Tienes suerte, chatarrero. Entra antes de que tu máquina se desmorone sola.
Kaelen no esperó a que se fuera. En cuanto el inspector desapareció, subió a la cabina. El cronómetro de la arena marcaba 03:11 para el inicio de la prueba. El Chatarrero-7 se puso en marcha, pero cada movimiento era una tortura. La integridad del chasis marcaba un crítico 41%.
En la arena, el matón local lo esperaba con un frame de combate pesado y placas reforzadas. El público, compuesto por estudiantes de élite de los niveles superiores, observaba con desdén. Entre ellos, en una pasarela de vidrio, Valeria permanecía inmóvil, con la mirada clavada en el Chatarrero-7.
El matón cargó. Kaelen sintió el Módulo despertar. No fue una orden, fue una anticipación: el prototipo calculó la trayectoria del oponente antes de que este terminara de moverse. Kaelen ejecutó una maniobra prohibida, un giro de torsión hidráulica que, bajo condiciones normales, habría arrancado el brazo del mech. El Chatarrero-7 se movió con una agilidad inhumana, esquivando el golpe por centímetros y respondiendo con un impacto directo en el punto de presión del chasis enemigo. El matón salió despedido contra el muro de contención, su mech inútil tras un solo intercambio.
Un silencio sepulcral cayó sobre la arena. Kaelen, con la visión nublada por el esfuerzo, retiró el mech de la arena. Al doblar el corredor, el dolor le mordió con más fuerza. El Módulo estaba drenando su propia energía vital para mantener el chasis unido. Se desplomó contra la pared, consciente de que, aunque había ganado, su victoria había sido demasiado eficiente. Arriba, en la pasarela, Valeria seguía observándolo. Ella no aplaudía; ella estaba registrando la anomalía. Kaelen cerró los ojos, sabiendo que su ascenso acababa de atraer a un depredador mucho más peligroso que el sistema de la academia.