Chatarra de alto octanaje
El cronómetro en el tablero de mando parpadeaba en un rojo agónico: 02:14:09. Dos horas y catorce minutos para el desguace forzoso. Kaelen apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la bilis mientras el Recaudador, un hombre cuya piel parecía hecha de cuero curtido y cinismo, golpeaba el chasis de su mech con una llave inglesa pesada. El eco metálico resonó en el Nivel 42, un sonido hueco que anunciaba el fin de su carrera en la Academia.
—Tu deuda de mantenimiento ha superado el valor de esta chatarra, Kaelen —dijo el Recaudador, escupiendo al suelo—. La Academia no subsidia perdedores en los niveles inferiores. Entrégame el núcleo y lárgate a buscar trabajo en los túneles de ventilación.
Kaelen miró a su mech, el 'Chatarrero-7'. Era un ensamblaje de piezas rescatadas, con cables expuestos que zumbaban como insectos atrapados. Si lo perdía, perdía su única oportunidad de ascender. La jerarquía de la Torre no perdonaba a quienes se quedaban sin chasis antes del examen de rango.
—Aún no —respondió Kaelen, su voz firme a pesar del temblor en sus manos cicatrizadas—. Tengo una reserva de emergencia. Y una entrada para el sorteo de salvamento de esta noche.
El Recaudador soltó una carcajada seca. —El sorteo es para los que tienen esperanza, chico. Tú solo tienes deudas. Si vuelves con las manos vacías, el desguace empezará contigo dentro.
Kaelen no esperó. Metió su última tarjeta de crédito, cargada con meses de raciones ahorradas, en la terminal del sorteo. El costo fue brutal: una hemorragia de recursos que lo dejaba en la miseria total. La pantalla escaneó su biometría y, tras un segundo de angustia que pareció una eternidad, una caja sellada con el sello de los 'Niveles Prohibidos' fue liberada.
El silencio en el vertedero se volvió pesado. Kaelen abrió la caja. Dentro, envuelto en una capa de grasa sintética, descansaba un módulo de procesamiento antiguo, con un diseño que no pertenecía a los modelos de la Academia. No era chatarra; era un prototipo de una facción desaparecida, una pieza de tecnología que emitía un pulso rítmico, casi vivo.
Al tocarlo, un zumbido eléctrico recorrió sus dedos, una descarga que le provocó un espasmo en el brazo. El módulo no solo estaba intacto; respondía a su contacto con una frecuencia imposible, una vibración que se sincronizaba con su propio pulso. Kaelen supo entonces que acababa de introducir en su mech algo que la Academia jamás debió dejar salir. El riesgo era absoluto, pero la escalera hacia el siguiente nivel acababa de materializarse ante sus ojos. El reloj seguía contando, pero ahora, el tiempo corría a su favor.
El hangar olía a ozono viejo y grasa quemada. Kaelen avanzaba entre los estudiantes de rangos menores que hurgaban en cajas de descarte con desesperación. Arriba, tras una baranda pulida, los de niveles altos observaban como si la suciedad fuera contagiosa. Valeria estaba allí, con su uniforme impecable y esa postura de cuchillo que la definía.
—No deberías estar aquí —dijo ella, sin subir la voz.
Kaelen arrastró una caja con el pie, ignorándola. —Qué pena. Pensé que el desguace era tu territorio.
Valeria bajó un escalón, su mirada era un cálculo frío. —Tu mech está vencido. Tu historial está vencido. Si metes las manos donde no corresponde, alguien con futuro pagará por tu error.
Kaelen sintió la punzada en las cicatrices de su muñeca, el legado de su mentor. El subastador golpeó la campana. Las pantallas encendieron los códigos de los lotes. Kaelen vio la caja sin clasificación, escondida entre dos contenedores deformados. Nadie la tocaba. Era una caja que alguien había querido borrar del catálogo.
—Esa no —dijo Valeria, ahora con un filo peligroso.
—Entonces es la correcta —respondió Kaelen, rompiendo el sello. La tapa cedió con un chasquido áspero. El módulo negro, compacto y con nervaduras finas, emitió una luz azulada que hizo que el hangar entero se detuviera. La pantalla del lector escupió: MÓDULO PROTOTIPO — FIRMA INESTABLE — USO RESTRINGIDO.
Valeria se quedó inmóvil, sus ojos revelando una fascinación obsesiva. Kaelen cerró los dedos sobre la pieza. La vibración le subió hasta el codo. No era un fallo; era una invitación a romper la jerarquía.
De vuelta en el taller, con el temporizador marcando 00:17:43, Kaelen forzó el acople. El chasis del mech gimió, las placas de metal se arquearon y una grieta fina recorrió el torso. El dolor le golpeó el antebrazo, una descarga de estrés estructural que le nubló la vista. La tasa de sincronización subió: 11%, 41%, 71%. El mech ya no temblaba; respiraba. Kaelen miró su mano, manchada de sangre fresca, y supo que el precio de la ventaja era su propio cuerpo. El módulo que parecía chatarra respondía con una frecuencia imposible, y Kaelen entendió que acababa de meter en su mech algo que la academia jamás debió dejar salir.