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Chapter 11: Consecuencias de la victoria

Leo sobrevive a la audiencia disciplinaria gracias a la evidencia pública, pero es enviado al Escuadrón Lanza de Hierro como castigo. Valeria, ahora repudiada por su familia, le entrega un núcleo de energía prototipo. Leo utiliza su rendimiento anómalo para forzar una invitación al Campo de Pruebas de Clase S, obligando a la Academia a reconocer su estatus a pesar de la oposición de Vane.

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Consecuencias de la victoria

El aire en la Cámara de Audiencias no era solo frío; era estéril, cargado con el olor a ozono de los supresores de energía. Leo Valenti estaba de pie en el centro del estrado, con las muñecas aprisionadas por esposas magnéticas que zumbaban, intentando drenar cualquier rastro de energía cinética de su cuerpo. Frente a él, el Comandante Vane no se molestó en ocultar su desdén.

—Cadete Valenti —la voz de Vane resonó, seca y sin matices—. Has expuesto la corrupción de un instructor, sí. Pero al hacerlo, has violado tres protocolos de seguridad de nivel 4. Has inyectado código no autorizado en la red central de la Academia. ¿Qué te hace pensar que no deberías ser desguazado junto con tu chatarra?

Leo mantuvo la barbilla alta, ignorando el peso de las miradas de los otros miembros del Consejo. —La grabación no fue un hackeo, Comandante. Fue una prueba de defensa propia. Los logs de El Escombro demuestran que Silva manipuló los sistemas de la arena para provocar una falla catastrófica. Si la Academia me confisca, admite que sus instructores operan como criminales. La verdad ya es pública; el resto de la Academia ya ha visto la transmisión.

Un murmullo tenso recorrió la sala. Vane entrelazó sus dedos sobre la mesa de obsidiana, sus ojos grises clavados en los de Leo.

—Eres una anomalía, Valenti. Y las anomalías se corrigen. Conservarás tu unidad, pero tu rango es irrelevante. A partir de este momento, estás asignado al Escuadrón Lanza de Hierro. Tasa de supervivencia: 10%. Si sobrevives a la primera misión de despliegue, hablaremos de tu futuro. Si no, el problema se resolverá solo.

Al salir, el silencio del pasillo se sintió como una sentencia. En el Hangar 7, Valeria Kross lo esperaba. Su uniforme, antes impecable, lucía un corte limpio en la insignia de su facción. Sus ojos, fríos y calculadores, ahora reflejaban una desesperación compartida.

—Me han despojado de todo, Leo —dijo ella, sin preámbulos—. Mi familia me ha borrado. Ya no soy una Kross. Estoy marcada, igual que tú.

Valeria extendió la mano. En su palma descansaba un dispositivo de cristal, brillando con una luz azul gélida. —Robé esto de los archivos privados de mi padre. Son códigos de acceso de nivel superior para el núcleo de energía de tu mech. Si vas a entrar en el Lanza de Hierro, vas a necesitar más que un chatarra remendado. Es un prototipo de grado militar. Si lo instalas, el sistema te detectará, pero tendrás la potencia necesaria para sobrevivir.

Leo tomó el dispositivo. El peso del cristal era una sentencia de muerte, pero era la única forma de escalar.

La paz duró apenas una hora. En el Centro de Tácticas, Vane ya estaba moviendo sus piezas. Mientras Leo se preparaba, el comandante inyectaba errores de software deliberados en el registro de El Escombro, preparando el terreno para una 'revisión' que justificaría el desguace total.

—Tu eficiencia alcanzó el 104%, Valenti —dijo Vane, observando las pantallas donde el registro parpadeaba en rojo—. Un rendimiento insultante. Veremos cuánto dura esa integridad del 17% cuando te enfrentes al fuego real.

Leo sintió el odio de los otros cadetes, pero su atención estaba fija en la terminal. El sistema de la Academia, inestable por la inyección de datos anterior, emitió una señal de prioridad. Un nuevo icono parpadeó: una invitación de acceso directo al Campo de Pruebas de Clase S. Era una validación automática provocada por su rendimiento, una que Vane no podía ignorar sin violar los estatutos públicos.

—Javi, acepta la invitación —ordenó Leo, su voz firme.

—Es un suicidio, Leo. Si entras, Vane sabrá que tienes el código —advirtió Javi, pero sus dedos volaron sobre el teclado.

En cuanto la invitación fue aceptada, el hangar se iluminó con un resplandor azul gélido. La Academia entera se detuvo. El nombre de Leo Valenti apareció en los registros de la élite secreta. Vane se quedó inmóvil, su máscara de control tambaleándose. Leo miró hacia la zona restringida de Clase S; el verdadero juego de poder había comenzado.

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