El nuevo horizonte
El hangar del Escuadrón Lanza de Hierro no era un lugar de entrenamiento; era un cementerio de metal donde el aire sabía a ozono y a aceite quemado. Leo Valenti apretó el último perno del chasis de «El Escombro». La integridad estructural marcaba un crítico 17%. Cada vez que el núcleo prototipo, robado de los archivos Kross, pulsaba con su luz azul, el metal del chasis gemía, incapaz de contener la energía de grado militar que Leo le había inyectado.
—Valenti. Deja de jugar con esa chatarra —la voz del Comandante Vane resonó como un disparo—. Tienes una patrulla en la Zona Muerta en diez minutos. Si tu unidad colapsa, no enviaremos rescate. Eres un número de serie esperando ser borrado.
Leo se puso de pie, limpiándose la grasa negra de los guantes. No miró al oficial. Sus ojos estaban fijos en la pantalla de diagnóstico: el sistema, por primera vez, reconocía la mejora. La victoria viral en el torneo aún resonaba en la academia, pero aquí, en el Lanza de Hierro, ser un «prodigio» solo significaba que Vane lo enviaría a las misiones más suicidas.
—No colapsará, Comandante —respondió Leo, su voz firme, despojada de la sumisión que el sistema exigía.
Una sombra se proyectó sobre el suelo. Valeria Kross se acercó, su uniforme de élite despojado de toda insignia familiar. Ya no era la heredera intocable; era una paria, igual que él. La tensión entre ambos era un campo eléctrico, una alianza forjada en la traición pública a sus linajes.
—Mi padre ha puesto precio a tu cabeza, Leo —susurró ella, sin apartar la vista del mech—. El núcleo que instalaste es un prototipo prohibido. Si Vane lo detecta en la revisión de combate, no te enviará a una audiencia. Te borrará antes de que el sol se ponga.
Leo apretó los puños. La tasa de mortalidad del 90% del escuadrón no era un error estadístico; era un filtro diseñado para eliminar anomalías. Pero antes de que pudiera responder, la alarma de despliegue aulló.
La patrulla en el sector exterior fue una carnicería. Lo que debían ser drones de reconocimiento resultó ser un enjambre de clase-A, modificado para una ejecución rápida. Mientras el mech de Vane se desmoronaba bajo el fuego concentrado, Leo sobrecargó el núcleo. La energía fluyó por los actuadores, superando los límites de fábrica. Con un movimiento fluido, casi depredador, «El Escombro» esquivó un cañonazo de riel y desmembró al dron líder en una ráfaga de chispas. La grabación, capturada por los sensores de la academia, se transmitió automáticamente a la red pública: una prueba innegable de que su mech superaba cualquier estándar de la Clase S.
De vuelta en el Centro de Mando, el silencio era absoluto. Leo y Valeria estaban frente a la consola central, ignorando las miradas de odio de los cadetes. Una notificación cifrada apareció en su terminal: un sello de la Junta Directiva que brillaba con una autoridad fría y distante.
—¿Es lo que crees? —preguntó Valeria, observando el mapa de la Cúpula que se desplegaba en el holograma.
Leo tocó el sello de invitación para el Campo de Pruebas de Clase S. El mapa no mostraba una academia, sino una red interconectada de pruebas para una guerra a gran escala, un juego de poder que se extendía mucho más allá de los muros de la institución. Su padre, en el sector exterior, dejó de ser un recuerdo para convertirse en el objetivo final.
—Ya no somos estudiantes —dijo Leo, aceptando el desafío mientras el sistema validaba su entrada al siguiente nivel—. Somos jugadores. Y el verdadero juego apenas comienza.