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Chapter 10: El colapso de la jerarquía

Leo y Valeria logran exponer la corrupción de Silva mediante una transmisión pública durante el combate final. Aunque Silva es arrestado, el Comandante Vane toma el control y asigna a Leo a un escuadrón de alta mortalidad, revelando que la lucha contra la jerarquía académica apenas comienza.

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El colapso de la jerarquía

El Centro de Datos del Sector 4 era un mausoleo de luz azul parpadeante y aire viciado. Leo Valenti sentía el calor del hardware filtrándose a través de sus guantes tácticos mientras sus dedos volaban sobre la interfaz. Cada segundo era una batalla contra el protocolo de purga de la Academia. A su lado, Valeria Kross mantenía su credencial de heredera insertada en la cerradura maestra, forzando un cortocircuito en el sistema de seguridad que, por primera vez, no estaba diseñado para protegerla, sino para contenerla.

—El servidor se está reiniciando, Leo —espetó ella, su voz cortante, desprovista de su habitual frialdad aristocrática—. Si no terminas de replicar la evidencia en los nodos externos ahora, Silva borrará cada rastro de su corrupción antes de que alguien pueda verla.

Leo ignoró el sudor que le nublaba la vista. El Escombro, su mech, permanecía en el hangar bajo alerta roja, su núcleo de energía militar emitiendo una firma térmica que el sistema central intentaba identificar para su confiscación inmediata. Era una carrera contra el tiempo: la verdad contra el borrado institucional.

—Necesito que el nodo de transmisión principal mantenga el enlace abierto diez segundos más —respondió Leo, sus ojos escaneando el flujo de datos—. Si Silva apaga la red, la verdad muere con él.

De repente, el silencio del centro fue roto por el aullido de las alarmas. La red global de La Cúpula se estremeció. En los dispositivos personales de cada cadete, en las pantallas de los hangares y en los monitores de los instructores, la evidencia empezó a fluir: registros de malversación, cronogramas de pruebas amañadas y la firma digital de Silva autorizando la confiscación ilegal de prototipos. La corrupción ya no era un susurro; era un hecho público.

La Arena de Combate principal se convirtió en el escenario final. El aire estaba cargado con el ozono de los estabilizadores de gravedad forzados. Leo, dentro de la cabina del Escombro, sintió cómo el chasis vibraba bajo una presión artificialmente elevada. El sistema no solo estaba en error; estaba colapsando bajo el peso de su propia manipulación.

—Silva está sobrecargando los nodos desde el panel de control central —la voz de Leo resonó en el intercomunicador—. Quiere que nuestros mechs se desplomen antes de que el round termine.

Valeria, en su unidad optimizada, realizó un giro preciso, esquivando una columna de soporte que se derrumbaba cuando el suelo de la arena cedió. Las cámaras de la academia, incapaces de apagarse por el bucle de datos que Leo había inyectado, transmitían cada segundo del sabotaje a la red pública.

—Mis códigos están bloqueados —dijo Valeria, con una urgencia cruda—. Si no sincronizamos los estabilizadores, el colapso será total. Necesito que tu prototipo actúe como puente.

Leo comprendió el riesgo. Conectó su núcleo militar directamente al sistema de la arena, ignorando las advertencias de sobrecarga de su propio mech. El Escombro rugió, sus actuadores brillando con una intensidad que no debería haber sido posible para un modelo de su clase. Juntos, sincronizaron sus unidades, creando un campo de fuerza que estabilizó la estructura de la arena justo cuando el techo comenzaba a ceder. La audiencia, miles de estudiantes observando desde las gradas y sus dispositivos, vio la cooperación imposible. La narrativa de la academia se hizo añicos ante sus ojos.

Minutos después, el hangar olía a aceite quemado y metal recalentado. El indicador de integridad del Escombro marcaba un escaso 17%. Las puertas se abrieron con un silbido hidráulico. Dos oficiales de la policía académica flanqueaban a un Instructor Silva que caminaba con la mandíbula tensa, los tendones del cuello marcados como cables bajo el peso de la derrota.

—Instructor Silva, queda usted detenido por malversación y conspiración —recitó el oficial.

Silva soltó una risa seca, mirando a Leo con una promesa helada. —¿Irrefutable? Un niño con chatarra y una Kross traidora. Eso es lo que llaman justicia.

Leo no respondió. No hacía falta. La transmisión seguía reproduciéndose en cada pantalla: el momento exacto en que Silva ordenaba la sobrecarga remota, la firma digital inconfundible. Sin embargo, cuando la policía se alejó, el Comandante Vane entró en el hangar. Su mirada no era la de un salvador, sino la de un estratega que calculaba pérdidas.

—Valenti —dijo Vane, su voz carente de calidez—. Has ganado una batalla pública, pero la estructura sigue en pie. Silva era un lastre, pero su puesto debe ser ocupado. A partir de hoy, estás bajo mi mando directo en el Escuadrón Lanza de Hierro. Tasa de mortalidad: 90%.

Leo apretó los puños. La victoria sobre Silva era solo el primer peldaño. Mientras el Comandante se retiraba, su teléfono vibró. La grabación de la victoria y la caída de Silva ya era viral; el caos en la red era total. Pero el nuevo superior, mucho más peligroso que cualquier instructor, acababa de cerrar la puerta del hangar, dejando a Leo con una unidad al borde del colapso y una misión que apenas comenzaba.

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