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Chapter 9: La cara del privilegio

Leo y Valeria se infiltran en los archivos privados de la familia Kross tras una tensa confrontación con Silva. Descubren que el mech de Leo es un prototipo familiar enterrado y logran exponer la corrupción de Silva ante toda la academia mediante una transmisión pública, forzando una crisis institucional.

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La cara del privilegio

El zumbido del Hangar 7 no era el ronroneo armónico de una máquina bien mantenida, sino el lamento agudo de un metal sobrecargado. Leo Valenti se dejó caer contra el chasis de El Escombro, sintiendo el calor residual del reactor militar que palpitaba bajo la placa de blindaje torácico. La victoria contra Draken había sido pública, brutal y necesaria, pero el sistema de la academia no perdonaba. En la pantalla de su consola personal, la alerta de «Anomalía de Rendimiento: Componente No Autorizado» parpadeaba en un rojo que exigía una purga inmediata.

—No vas a ninguna parte, pequeña basura —murmuró Leo, ajustando el sello de presión del núcleo con manos temblorosas. Sus dedos estaban manchados de grasa y sangre seca. Antes de que pudiera cerrar el panel de acceso, una sombra alargada se proyectó sobre el suelo de rejilla metálica. El Instructor Silva no caminaba; patrullaba.

—Valenti —la voz de Silva era un cuchillo desafilado—. Has superado el torneo con una maniobra que roza el sabotaje técnico. El consejo está revisando tus registros. Es curioso cómo una chatarra desarrolla una eficiencia de actuadores de nivel élite de la noche a la mañana.

Leo se puso en pie, sin ocultar el datapad que contenía las pruebas de las transacciones ilegales de Silva. El instructor se detuvo, sus ojos clavados en el dispositivo. —Una inspección forzosa revelaría mucho, Silva. Pero dudo que quieras que el consejo vea de dónde salen los núcleos que instalas en los mechs de tus favoritos. La mano de Silva, que se dirigía a su cinturón de herramientas, se detuvo. El silencio en el hangar se volvió denso, cargado de una hostilidad que ambos sabían que solo terminaría al amanecer.

Horas más tarde, en la penumbra de la zona de carga, Valeria Kross lo esperaba. No traía su habitual aura de indiferencia; sus ojos escaneaban a El Escombro con una urgencia que rozaba el pánico.

—Mi padre ha movido sus fichas en el consejo —dijo ella, apretando una tableta de datos—. Has quemado mi capital político, Valenti. Si pierdes en la final, no solo serás expulsado. Mi facción me desheredará por haberte permitido seguir operando esta... aberración.

Leo se limpió la grasa de las manos. —Si no fuera por este mech, tu facción ya habría perdido el control sobre el sector de mantenimiento. ¿Por qué te arriesgas tanto?

Valeria se acercó, invadiendo su espacio personal. —Porque este mech no es chatarra. Es un prototipo perdido de mi propia familia, un proyecto que mi padre enterró para ocultar su fracaso. Si el sistema de la academia lo identifica, ambos seremos ejecutados profesionalmente antes del mediodía.

La tregua fue inmediata, sellada por la necesidad. Juntos, se infiltraron en el sector restringido de la Terminal Kross. El aire era gélido, un contraste brutal con el calor del hangar. Valeria insertó su llave maestra, sus manos temblando apenas un milímetro. Leo, ignorando el peligro, voló sobre la interfaz táctil. El sistema, reconociendo la firma de la heredera, permitió el acceso. Sus dedos extrajeron el archivo maestro: 'Proyecto Escombro'. No era un error de diseño; era un vehículo de prueba para una tecnología que Silva había estado robando sistemáticamente.

—¡Alerta de intrusión! —El sistema rugió, bañando el pasillo en una luz roja estroboscópica.

Corrieron hacia la Plaza Central, con el datapad apretado contra el pecho. La multitud de estudiantes los rodeaba, atraídos por el escándalo. Silva apareció en el balcón superior, flanqueado por guardias.

—¡Valenti! ¡Entrega ese dispositivo o te declaro en rebeldía! —rugió el instructor.

Leo no se detuvo. Con un movimiento rápido, conectó el datapad al nodo de transmisión pública de la academia. La grabación de su victoria, intercalada con los documentos de la corrupción de Silva, comenzó a desplegarse en las pantallas gigantes del campus. El sistema de la academia, paralizado por la veracidad de los datos, quedó en un bucle de error. La verdad sobre el origen del prototipo y las manos sucias de Silva quedaron expuestas ante cada cadete y oficial presente. El ascenso de Leo ya no era solo una cuestión de rango; era el inicio de una guerra abierta.

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