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Chapter 8: El ascenso forzado

Leo derrota a Draken en el torneo de ascenso utilizando una maniobra prohibida de interferencia, forzando el reconocimiento público de su estatus. A pesar de la victoria, Silva intenta confiscar su mech, pero Valeria interviene. Leo ahora posee evidencia crítica contra Silva y descubre que el origen de su prototipo está vinculado a la familia Kross.

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El ascenso forzado

El zumbido del núcleo militar bajo el asiento de 'El Escombro' no era un sonido, sino una vibración que le recorría la columna vertebral, un recordatorio constante de que su máquina era, técnicamente, una sentencia de muerte. Leo Valenti ajustó los guantes, sintiendo el sudor frío adherirse a sus palmas. En el hangar, el aire olía a ozono y aceite quemado, una mezcla que en la Academia era sinónimo de desastre inminente. A pocos metros, el sistema de seguridad parpadeaba en rojo ámbar: un aviso persistente de 'componente no autorizado' que solo la red de Valeria Kross, en un acto de supervivencia mutua, había logrado silenciar temporalmente.

—Si el sistema detecta una sola fluctuación fuera de los parámetros estándar, te confiscarán el chasis antes de que llegues a la plataforma —la voz de Valeria cortó el silencio del túnel de acceso. Estaba apoyada contra la pared, su uniforme impoluto contrastando con el estado de abandono del taller. Sus ojos no buscaban desprecio, sino una respuesta al riesgo que ambos corrían. Leo no respondió con palabras. Se acercó a la terminal del técnico de sistemas, un hombre cuya lealtad dependía de los créditos que Silva le filtraba. Leo activó su interfaz, proyectando un fragmento de la evidencia digital que había recuperado: el registro de las transacciones ilegales de Silva con los núcleos confiscados. El técnico palideció, sus dedos temblando sobre el teclado. El acceso a la arena quedó despejado.

El rugido de la multitud en la Arena de Combate de la Academia golpeaba las paredes del chasis de 'El Escombro' como un martillo. Leo apenas tuvo un segundo para ajustar el arnés antes de que el Apex-7 de su rival, Draken, un piloto de la facción de élite, soltara un pulso electromagnético de área. El impacto fue instantáneo. La pantalla táctil del cockpit se convirtió en un caos de estática; los sensores de proximidad murieron con un gemido electrónico, dejando a Leo en una oscuridad digital absoluta.

—¿Ciego, chatarra? —la voz de Draken resonó por el canal abierto, cargada de una arrogancia que el público vitoreó—. Tu rango era un error. Ahora es un funeral.

Leo cerró los ojos, ignorando el caos de las alarmas, y redirigió la energía del núcleo. En lugar de forzar los radares, canalizó el flujo hacia los actuadores táctiles de los pies y los servomotores de los brazos. Sintió la vibración del suelo, cada impacto de los pasos de Draken resonando en sus sentidos. Cuando el Apex-7 arremetió con un golpe lateral diseñado para destrozar el torso de su mech, Leo no intentó bloquear. Se dejó caer, usando la inercia para deslizarse por debajo de la guardia del rival, sintiendo el calor del metal enemigo rozando su blindaje.

—Fuera de juego, chatarra —rugió Draken, preparando un disparo de cañón de riel a quemarropa.

Leo no respondió. Sus manos se movieron por instinto, no por vista. Podía sentir el pulso del núcleo militar, una vibración rítmica que recorría la columna vertebral de su unidad como un latido salvaje. Si la academia quería orden, él les daría una interrupción. Sin dudar, Leo invirtió la polaridad del módulo de gestión, forzando al prototipo a emitir un pulso de interferencia inverso. No era una maniobra de defensa; era una sobrecarga deliberada. El aire de la arena pareció doblarse. Una onda de choque invisible barrió el campo, colapsando los sistemas de puntería de ambos mechs, pero mientras el blindado de Draken se bloqueó por completo, el sistema de Leo —reforzado por el estabilizador militar— mantuvo los actuadores críticos bajo tensión.

Con un movimiento fluido y brutal, Leo lanzó un golpe cinemático que destrozó el brazo principal del Apex-7. El público estalló en gritos mientras Leo ejecutaba una maniobra prohibida por el manual. No era solo una victoria; era una declaración.

Al salir de la cabina, el Instructor Silva lo esperaba en la zona de salida, con el rostro desencajado por la furia. Antes de que pudiera ordenar la detención de Leo, Valeria Kross se interpuso, su influencia familiar bloqueando cualquier intento de confiscación inmediata. Pero mientras Leo caminaba hacia la salida, observó el reflejo de las luces de neón de la Academia en un charco de aceite. Sabía que la victoria era provisional. En su bolsillo, la evidencia contra Silva pesaba como una piedra, y en los archivos de la familia Kross, el origen del prototipo que ahora latía en su pecho comenzaba a revelarse como una conspiración mucho más oscura que los negocios de un simple instructor.

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