La prueba de la verdad
El Hangar 7 no era un espacio de trabajo; era una tumba de metal esperando a ser sellada. Leo Valenti, con la grasa sintética pegada a los poros y el pulso martilleando contra sus sienes, se arrastró bajo el chasis de El Escombro. En su terminal de muñeca, la alerta roja parpadeaba con una cadencia que le cortaba la respiración: Componente no autorizado detectado. Inspección técnica programada: 06:00 horas.
Faltaban menos de dos horas para el amanecer. Si el Instructor Silva encontraba el núcleo de energía de grado militar que Leo acababa de integrar en el sistema de propulsión, no solo perdería el mech; sería expulsado y enviado a las minas periféricas antes del mediodía. La academia no perdonaba la posesión de hardware no registrado.
—Deja de temblar, Valenti. El sistema está detectando la firma térmica, no el núcleo en sí —la voz de Valeria Kross cortó el aire estancado. Estaba de pie junto a un pilar, con su uniforme impecable contrastando con el caos de chatarra que rodeaba a Leo. Sus ojos, fríos y calculadores, escaneaban la consola de diagnóstico. —Si el sistema detecta la firma, detecta el componente —espetó Leo, apretando un destornillador de presión hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Es una sentencia de muerte.
Valeria se acercó, invadiendo su espacio personal con una confianza que le resultaba irritante. Sacó un pase de acceso de grado superior de su bolsillo y lo dejó caer sobre la mesa de trabajo, junto a un módulo de camuflaje robado. —He manipulado los registros de red para que el escáner de Silva lea los datos de una unidad de fábrica estándar. Pero esto tiene un precio, Leo. Esto te costará más que créditos; te costará tu independencia. A partir de ahora, lo que yo necesite de este mech, lo ejecutarás sin preguntas.
Leo conectó el módulo. La luz roja de la alerta parpadeó, se volvió naranja y, tras un chirrido agónico del procesador, se tornó en un verde estático y engañoso. El sistema estaba ciego.
El amanecer llegó con la brutalidad de un martillo hidráulico. Silva entró en la bahía con dos técnicos, sus botas resonando contra el metal como una sentencia. Se detuvo frente a El Escombro, sus ojos recorriendo cada soldadura con una sospecha que rozaba lo físico. —Valenti —la voz de Silva resonó, carente de calidez—. Se rumorea que tu unidad ha superado los límites de su clase. Vamos a ver si eso es talento o una violación flagrante del reglamento.
Los técnicos iniciaron el escaneo. Leo contuvo el aliento mientras el pulso electromagnético recorría el chasis. La pantalla de Silva mostró una firma de energía estándar. El instructor no parecía convencido; se acercó a la cabina, sus dedos rozando el panel de control. —Curioso —murmuró Silva, clavando su mirada en la de Leo—. Esta unidad debería estar ardiendo con el rendimiento que has mostrado, pero tus niveles son mediocres. ¿Qué estás ocultando, cadete?
Antes de que Silva pudiera ordenar una inspección manual, Valeria intervino con una queja administrativa sobre la eficiencia del hangar, distrayendo al instructor con una precisión quirúrgica. Silva, frustrado por la falta de pruebas físicas, se retiró con una advertencia gélida: —Te vigilaré en el próximo duelo público, Valenti. Un solo error, una sola maniobra que no esté en el manual, y te desmantelaré pieza por pieza.
Horas después, en la Zona de Baja Gravedad, el aire estaba cargado de ozono. El núcleo militar latía con una vibración que ninguna otra unidad debería poseer. Silva observaba desde la plataforma. Leo activó los propulsores. En lugar de la secuencia estándar, ejecutó un giro de 180 grados prohibido, utilizando el estabilizador de grado militar para desafiar la inercia. El mech respondió con una fluidez inhumana, cortando el aire con una precisión que dejó a los sensores de la academia en shock. El público estalló en gritos mientras el marcador de rango de Leo comenzaba a subir, forzando un reconocimiento público que Silva no podía ignorar. La anomalía se había vuelto oficial.