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Chapter 4: Torneo de ascenso: el primer nivel

Leo gana su primer encuentro en el torneo de ascenso utilizando el estabilizador militar, pero el esfuerzo sobrecalienta su mech y atrae la atención directa de Silva, quien le impone un ultimátum de confiscación para el amanecer.

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Torneo de ascenso: el primer nivel

El calor dentro de la cabina de El Escombro no era una cifra en el monitor; era una presencia física, un aliento metálico que le quemaba los pulmones mientras el reactor rugía en una frecuencia que los manuales de la Academia consideraban imposible. Una luz roja parpadeaba con una cadencia hipnótica en el tablero: ALERTA: COMPONENTE NO AUTORIZADO - RENDIMIENTO ANÓMALO.

Leo Valenti apretó los dientes, sintiendo el sudor correr por su columna. En la arena, su oponente —un cadete de clase media patrocinado por la facción de Silva— cargaba con una confianza arrogante, su mech impecable brillando bajo las luces del coliseo. El rival no sabía que el estabilizador de grado militar, arrancado del almacén de élite, estaba forzando el sistema a límites que harían colapsar cualquier unidad estándar.

—¿Eso es todo, chatarra? —la voz del oponente resonó por el canal abierto, cargada de desdén—. Tu reactor parece un juguete a punto de estallar.

Leo no respondió. Sus manos se movían con una precisión quirúrgica sobre la consola, desviando el calor residual hacia los sistemas de soporte vital. Era un sacrificio necesario: si el chasis se fundía, su carrera terminaba hoy. En la tribuna de mando, el Instructor Silva se puso en pie, su rostro convertido en una máscara de frialdad. Sus dedos volaban sobre su terminal, cruzando datos con el inventario del almacén. Estaba a un solo comando de ordenar la confiscación inmediata y la expulsión sumaria de Leo.

—Valeria, ahora —murmuró Leo, su voz apenas un siseo bajo el estruendo de los actuadores forzados.

Valeria Kross, sentada a pocos metros de Silva, no giró la cabeza. Sus ojos seguían el duelo con una intensidad depredadora. Con una elegancia calculada, dejó caer su tableta de mando y, al recogerla, sus dedos se deslizaron por el terminal de red de la academia. Inyectó un código de error fantasma, un bucle de retroalimentación diseñado para sobrescribir la alerta de Silva. El instructor frunció el ceño, golpeando su pantalla ante la inconsistencia de los datos, pero el sistema ya había marcado la alerta como un «error de sensor corregido».

Leo sintió el respiro. Con el sistema estabilizado por la manipulación de Valeria, ejecutó un movimiento que desafiaba la física del modelo: El Escombro pivotó sobre su eje, una maniobra de alta velocidad que dejó al oponente expuesto. Leo golpeó el panel de mando, disparando una ráfaga de precisión que inmovilizó las articulaciones del mech rival sin destruir su núcleo. El público estalló en murmullos; no era una victoria por fuerza bruta, sino por superioridad técnica.

Sin embargo, el triunfo tuvo un precio. Al aterrizar, el reactor de El Escombro emitió un gemido agónico. El humo comenzó a filtrarse por las juntas de la coraza. Mientras Leo intentaba apagar los sistemas principales, Silva descendió a la arena, caminando con pasos lentos y deliberados hasta detenerse frente al chasis humeante.

El instructor sonrió, una mueca carente de cualquier rastro de calidez.

—Has ganado el duelo, Valenti, pero has dejado un rastro de pruebas que el sistema no podrá ignorar por mucho tiempo —dijo Silva, su voz amplificada por los altavoces de la arena—. Disfruta de esta victoria mientras puedas. Al amanecer, confiscaré cada pieza modificada de ese montón de chatarra. Si algo no es original de fábrica, será desmantelado ante ti.

Leo bajó del cockpit, sus manos aún temblaban por la sobrecarga. El mech de su oponente se desplomaba a lo lejos, pero el de Leo comenzaba a sobrecalentarse críticamente, con chispas saltando del núcleo principal. La cuenta regresiva hacia su ruina acababa de comenzar.

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