El precio de la ambición
El Hangar 7 no era un taller; era una trampa que se cerraba sobre Leo Valenti. Bajo el chasis de 'El Escombro', el calor residual del reactor militar —el mismo que acababa de pulverizar los registros de eficiencia de la Academia— le quemaba la piel a través de la ropa de trabajo. Tenía menos de tres minutos antes de que el protocolo de inspección de Silva bloqueara el acceso remoto a los registros de combate.
—Vamos, maldita sea —gruñó Leo. Sus manos, manchadas de aceite y sangre seca, se movían con una urgencia febril sobre los puertos de diagnóstico. La pantalla de su terminal parpadeó en un azul gélido: ACCESO DENEGADO. PUERTOS BLOQUEADOS POR IA CENTRAL.
El sistema no solo vigilaba su rendimiento; estaba aislando el módulo prototipo. Si la IA lograba identificar la firma energética de la pieza, la confiscación de su unidad sería un trámite administrativo inmediato. Silva estaba esperando cualquier excusa para borrarlo, y Leo acababa de darle el motivo perfecto al humillar a Valeria Kross frente a la élite.
Leo puenteó los fusibles de seguridad. Un chispazo violento iluminó el hangar mientras forzaba una sobrecarga controlada. El zumbido de la alarma se silenció, reemplazado por el reinicio de los servidores. Tenía una ventana de segundos, pero el precio fue inmediato: el sistema registró una intrusión de nivel crítico.
Al salir de debajo del mech, el estruendo de un cierre metálico resonó en el túnel. Valeria Kross le bloqueaba el paso. Sus ojos, afilados como el acero de su unidad, escanearon el núcleo de energía que Leo ocultaba bajo su chaqueta.
—Tu sincronización fue imposible para un rango F —espetó ella, acorralándolo contra las tuberías de vapor—. ¿Modificaste el regulador o robaste el código de la Academia?
Leo tensó los músculos. Si ella gritaba, su expulsión era un hecho. Pero al ver el temblor casi imperceptible en las manos de Valeria, comprendió la verdad: su arrogancia era un escudo ante el miedo a decepcionar a su estirpe.
—Puedo hacer que tu mech vuele, Kross —soltó Leo, ganando terreno—. Pero quiero acceso ilimitado al almacén de élite. Si vas a hundirme, hazlo sabiendo que ambos caeremos.
Valeria tensó la mandíbula, pero el brillo de desesperación en sus ojos no se extinguió. —Si fallas, Leo, no solo serás expulsado; te borrarán de los registros —siseó ella, bajando el arma que apuntaba a su pecho. Leo aceptó el trato: acceso a piezas de alta gama a cambio de su silencio y su pericia técnica.
Leo se infiltró en el almacén de alta seguridad minutos después. El cronómetro parpadeaba en rojo: quedaban menos de seis minutos para el cierre de inscripciones del torneo regional. Sus dedos encontraron el estabilizador de giro de grado militar. Lo arrancó de su soporte, ignorando el chirrido de la alarma de inventario.
—Valenti, sé que estás ahí dentro —la voz de Silva resonó por los altavoces, fría y cortante—. El sistema ha detectado una anomalía. Si te encuentro, será el fin.
Leo regresó al hangar y, bajo la mirada impasible de Valeria, instaló la pieza. El mech vibró con una frecuencia nueva y peligrosa. Al llegar a la línea de salida del Campo de Pruebas, el aire estaba viciado, cargado con el olor acre del ozono. Silva lo observaba desde la torre de control con una sonrisa cínica.
—Valenti, detenga la secuencia de arranque —ordenó Silva por el canal abierto—. El sistema ha detectado una anomalía en su gestión energética. Descienda de la cabina. Ahora.
Leo ignoró el comando. Forzó el puenteo del módulo militar. En todas las pantallas del campo, el sistema emitió un pitido ensordecedor: ALERTA ROJA: COMPONENTE NO AUTORIZADO DETECTADO. El mech de su oponente se desplomó tras el primer impacto, pero el de Leo comenzó a sobrecalentarse críticamente mientras el sistema de la Academia iniciaba el bloqueo forzoso de su unidad.