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Chapter 2: La primera ganancia visible

Leo logra una mejora del 5% en la eficiencia de su mech mediante un puenteo técnico, lo que le permite derrotar a Valeria Kross en un duelo público y romper el récord de eficiencia de la academia, atrayendo la atención peligrosa de Silva y activando una alerta de seguridad por componente no autorizado.

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La primera ganancia visible

El Hangar 7 apestaba a ozono y a la desesperación de los condenados. Leo Valenti se dejó caer desde la escotilla de El Escombro, con los músculos de los brazos vibrando por el esfuerzo de haber domado la inercia del chasis durante la prueba de recalibración. La carcasa, un amasijo de metal abollado que el resto de los cadetes llamaba «el ataúd con patas», emitía un siseo metálico. El sistema de refrigeración estaba al límite; el calor irradiado por el módulo prototipo —esa anomalía de grado militar incrustada en el núcleo— amenazaba con derretir las juntas de los actuadores.

—Si no ajusto la presión, el reactor se fundirá antes de la siguiente fase —murmuró Leo. Se deslizó bajo el mech, con una llave de torque en mano. Necesitaba una ganancia, algo tangible que presentar ante los evaluadores antes de que el Instructor Silva encontrara la excusa perfecta para confiscar la unidad.

Con un movimiento preciso, desconectó el limitador de flujo hidráulico y lo puenteó directamente al módulo prototipo. El metal chirrió, una protesta aguda que resonó en el hangar vacío. Al cerrar el circuito, un zumbido armónico recorrió el chasis. Los actuadores del brazo derecho, antes rígidos y lentos, se movieron con una fluidez antinatural. Había logrado un 5% de eficiencia extra: un margen estrecho, pero suficiente para marcar la diferencia entre un desguace y una victoria.

El eco de unos pasos metálicos cortó el aire. Valeria Kross avanzó por el pasillo central, flanqueada por dos de sus acólitos. Su uniforme estaba impecable, un contraste insultante frente al chasis descascarado de Leo.

—Ese truco de velocidad en la pista ha sido… interesante, Valenti —dijo ella, con una voz que cortaba como un bisturí—. Pero todos sabemos que ese trasto no debería ni encenderse. Confiesa: ¿qué pieza robaste del almacén de pruebas?

Leo se interpuso entre ella y el panel de acceso del mech, ocultando el cableado puenteado. —No es un robo, Kross. Es mantenimiento. Si tu facción no fuera tan lenta en actualizar sus sistemas, quizás entenderías cómo funciona una recalibración real.

Valeria sonrió, una mueca gélida. —Demuéstralo. Duelo de práctica. Ahora. Si pierdes, entregas tus créditos de mantenimiento a mi facción. Si ganas, te dejaré en paz hasta la prueba final.

Minutos después, en el Campo de Pruebas, el Vanguard de Valeria —una joya de ingeniería con blindaje reactivo— cortó el aire con precisión quirúrgica. Leo no respondió a sus provocaciones. Sus manos volaban sobre los controles, inyectando el flujo de energía bruta del módulo prototipo. El Escombro gimió bajo la carga. No era una mejora limpia; era un acto de violencia técnica.

Valeria se lanzó al ataque, buscando un golpe seco para inmovilizarlo, pero Leo anticipó el movimiento, utilizando la vibración del módulo para esquivar el impacto por milímetros. El Escombro se deslizó bajo el arco de ataque, realizando un giro de inercia compensada que dejó al Vanguard expuesto. Leo no dudó; lanzó un contraataque directo al giroscopio de la heredera. El impacto resonó en todo el sector. El mech de Valeria quedó inmovilizado, bloqueado por el sistema de seguridad al detectar una falla crítica en su equilibrio.

El silencio en la arena fue absoluto. En la plataforma de observación, el Instructor Silva se acercó a la consola central. Sus dedos se movían con una precisión mecánica mientras escaneaba los datos de telemetría. La mandíbula de Silva estaba tan apretada que los músculos de su cuello sobresalían como cables de acero. Sabía que aquel chatarra no debería ser capaz de realizar giros de inercia compensada con tanta fluidez.

Valeria Kross permanecía inmóvil junto a su máquina, sus ojos fijos en el monitor de campo. El marcador mostraba un 112% de eficiencia sobre la media de los cadetes de élite. Leo acababa de romper el récord histórico de la academia.

Justo cuando Leo se preparaba para salir, una alerta roja comenzó a parpadear en todas las pantallas de control del sector: «Componente no autorizado detectado». La trampa de Silva se acababa de cerrar, pero no de la forma que él esperaba.

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