Chatarra en la línea de fuego
El cronómetro holográfico sobre el Hangar 7 proyectaba un rojo agónico sobre el metal corroído del 'Escombro'. Diez minutos. Ese era el margen de supervivencia de Leo Valenti antes de que el Instructor Silva activara el protocolo de confiscación y enviara su unidad a la trituradora.
—Valenti, deja de manchar el suelo. Ese trasto no pasará ni la inspección visual, mucho menos la prueba de pista —la voz de Silva resonó por el intercomunicador, cargada de una burla que buscaba romper el ánimo del cadete frente a toda la clase.
Leo ignoró el comentario, sintiendo el calor del sol artificial sobre su nuca mientras ajustaba un perno en la articulación del hombro derecho. Sus manos estaban cubiertas de grasa negra y cortes recientes. Cada segundo que perdía en reparaciones superficiales era un segundo menos de energía para el motor. Si no lograba completar el circuito de obstáculos en el tiempo estipulado, su carrera en la Academia terminaría antes de que pudiera pagar la deuda de su familia.
Al retirar una placa de blindaje lateral para acceder a la unidad de potencia, algo brilló bajo la mugre acumulada. No era el cobre estándar de la Academia. Era un sello de seguridad de nivel prototipo, grabado con una aleación que parecía absorber la luz. Leo sintió un escalofrío. Ese modelo debía ser un desecho, pero el sello indicaba un origen mucho más sofisticado.
El aire en el hangar sabía a ozono y desesperación. Leo hundió los dedos en el panel de conexiones manuales, ignorando el aviso de error que parpadeaba en rojo. El cronómetro marcaba 00:03:12.
—Valenti, sal de ahí. Ese chasis es una carcasa vacía, un error estadístico que la academia corregirá hoy —la voz de Silva, gélida, retumbó desde la pasarela superior.
Leo no respondió. Sus ojos seguían el rastro de una fuga de datos. Mientras intentaba puentear el procesador central, sus dedos rozaron un filamento de fibra óptica que no figuraba en los esquemas. Al tocarlo, una descarga de estática recorrió su brazo y la pantalla de la cabina se iluminó con una frecuencia desconocida. No eran códigos de error; era una arquitectura de gestión de energía que el sistema mantenía bloqueada bajo encriptación de grado militar. El prototipo no solo se estabilizó; comenzó a optimizar sus propios sistemas, convirtiendo el caos del hangar en una serie de vectores precisos.
Leo se encajó en la cabina justo cuando Silva llegaba a la base del mech, con la mano extendida hacia el interruptor de emergencia. Con un rugido, el motor despertó, no con el chirrido agónico de siempre, sino con un zumbido profundo, casi líquido, que lo impulsó hacia la pista de pruebas.
El Campo de Pruebas de baja gravedad se extendía ante él. Valeria Kross, observando desde la plataforma de élite, arqueó una ceja, su expresión gélida ocultando una chispa de curiosidad ante la velocidad inusual del 'Escombro'. Leo ignoró el escozor en sus ojos. En su HUD, una malla de datos proyectaba predicciones de inercia directamente sobre el recorrido.
El mech se deslizó por la primera curva, ignorando la fricción que debería haberlo hecho derrapar. Leo ajustó el compensador, sintiendo cómo el prototipo leía sus intenciones antes de que sus dedos ejecutaran el mando. El Escombro realizó una maniobra de alta velocidad que desafió la física de su clase, dejando a los observadores atónitos. El motor rugió con una frecuencia desconocida mientras el cronómetro marcaba 00:01.