Duelo de rangos
Trece horas y doce minutos. El cronómetro en la interfaz del Reliquia no era solo un dato; era el latido de una cuenta regresiva hacia el desalojo de su madre. Leo apretó los mandos, sintiendo el calor residual del enfriador de mercado negro que Elena había soldado a presión en el núcleo.
—Firma desviada en siete puntos críticos —dijo Elena, su voz filtrada por el intercomunicador, tensa y rápida—. Si Voss escanea el núcleo, verá el bypass. No es ruido, Leo. Es una alarma de incendio en un sistema que no permite el fuego.
—Entonces que arda —respondió él. Treinta segundos de sobremarcha. Eso era todo lo que el Reliquia podía prometer antes de que el chasis se convirtiera en un ataúd de metal.
El estadio de Aethelgard rugía. Arriba, en el palco de élite, Dante Kross observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Dante sabía lo que Leo había visto en los archivos del Corazón Robado. Sabía que el protocolo Valle Herido no era una leyenda urbana, sino el mecanismo de control que había destruido a Marco Valenti. El silencio de Dante era una amenaza; su presencia, una sentencia.
—Valenti. Rossi. Núcleo para escaneo —la voz del árbitro Voss resonó, fría y mecánica.
Elena ejecutó el comando. Durante un segundo, la barra de análisis se tiñó de un amarillo enfermizo. Leo contuvo el aliento. Si el sistema detectaba la firma del Valle Herido, la seguridad de la academia los borraría antes de que pudieran llegar a la arena. Elena activó el enmascaramiento: un pulso de calibración rutinaria que ocultó la anomalía bajo una capa de datos falsos. Voss frunció el ceño, pero el sistema dio luz verde.
—Autorizado. Avancen.
La compuerta se abrió. El Reliquia entró en la Arena Central, un amasijo de placas remendadas frente al pulcro y letal escudo violeta de Dante. El mech de Kross, un S-9 de grado militar, se desplegó con la elegancia de un depredador.
—Treinta y dos por ciento de blindaje en el brazo izquierdo —advirtió Elena—. Si te toca ahí, perdemos el actuador.
Leo no esperó. Activó la secuencia Alfa-7. El Reliquia giró 540 grados, un movimiento que forzó los servomotores hasta el chirrido. Los drones de Dante formaron una red de fuego, pero Leo se dejó caer, usando el impulso para esquivar un rayo de partículas que dejó un surco de metal fundido en el suelo.
—¿Eso es todo, Valenti? —la voz de Dante retumbó por los altavoces—. Tu padre duró más antes de quebrarse.
Leo ignoró el veneno. Sacrificó el 40% del blindaje de su brazo izquierdo para cerrar la distancia. El impacto fue brutal; el Reliquia embistió, destruyendo uno de los drones principales en una lluvia de chispas negras. Pero el núcleo del Reliquia emitió un pitido agudo: 41% de integridad térmica.
Dante perdió la compostura. Desplegó el Lanza-Cicatrices. El disparo de partículas zafiro impactó en el hombro del Reliquia, arrancando el brazo izquierdo en una explosión de cables y metal retorcido.
—Diecinueve segundos —dijo Elena, su voz quebrándose—. Usa cada uno. Por tu nombre.
Leo activó la sobremarcha. El limitador térmico se rompió con un crujido que se sintió en sus propios huesos. La energía subió al 180%. El Reliquia se convirtió en un borrón de metal y luz.
Leo ejecutó el giro 720, un movimiento suicida que fracturó el escudo de Dante. En el momento del impacto, el sistema de proyección de la arena, hackeado por Elena, escupió fragmentos del protocolo Valle Herido. Las líneas de código rojo —la prueba de los limitadores térmicos instalados de fábrica— se proyectaron sobre el estadio. El nombre de Marco Valenti brilló en las pantallas gigantes.
La multitud enmudeció. Dante gritó, pero su mech, sobrecargado por el choque, perdió potencia. Rendición técnica.
El Reliquia se quedó inmóvil, humeando. El contador de autodestrucción marcaba 00:03. Elena ejecutó el reinicio remoto. La oscuridad total duró tres segundos. Luego, el núcleo latió una vez, débil, vivo.
Leo abrió el comunicador, su respiración era un jadeo constante.
—Lo logramos. Pero no queda nada para la final.
La cámara enfocó al Reliquia: un faro azul eléctrico en medio de la arena, una prueba viviente de que la escalera no estaba cerrada, solo vigilada. Dante, evacuado en camilla, miró hacia atrás con ojos vidriosos. El tiempo se agotaba. La final esperaba al amanecer, y Leo ya no era un estudiante, sino un incendio que Aethelgard no podría apagar.