La última frontera
Leo entró al taller subterráneo con el hombro por delante. La puerta oxidada chirrió como un grito contenido. El holograma en su muñeca parpadeaba en rojo furioso: 17 horas 31 minutos hasta la revisión de Voss. Pero el verdadero reloj era otro: el mensaje de su madre en loop, voz rota, ojos hundidos: «Ya vinieron a medir las ventanas, hijo. Dicen que al amanecer…».
El olor a ozono y metal recalentado lo golpeó. Elena soldaba una placa de dispersión térmica con movimientos precisos, casi violentos. El Reliquia dominaba el centro del espacio como un gigante herido: tres quemaduras negras cruzaban el pecho, el núcleo latía irregular, haciendo vibrar las herramientas sobre la mesa.
—Llegas justo a tiempo para ver cómo se nos acaba el milagro —dijo Elena sin girarse.
Leo se acercó. Tocó la quemadura más profunda; el guantelete crujió bajo el calor residual. —Valeria Thorn me exprimió hasta el último segundo para que Voss firmara la clasificación. Rango 8 provisional. El Aetherion-Prime está ahí… si sobrevivo al torneo final. Pero mi familia no llega al amanecer si no pago la deuda de «tecnología prohibida».
Elena apagó el soplete. Se limpió las manos en el overol y lo miró fijo. —El bypass de cinco segundos que te di contra Valeria ya abrió microfisuras nuevas. Si forzamos el sobremarcha completo ahora, el núcleo se convierte en escoria en una sola salida. Y tú te vas con él.
Leo sintió el pulso del Reliquia resonar en su propio pecho. —Entonces lo forzamos. Si voy a perderlo todo, que sea en el campo, no en una oficina.
Elena apretó los labios hasta que se pusieron blancos. Asintió una sola vez. —Está bien. Pero si revienta aquí, no hay torneo. Solo dos nombres tachados de la lista.
Conectaron el cableado crítico. Elena tecleó la secuencia. El Reliquia rugió grave. Una placa pectoral se agrietó con un chasquido seco; fragmentos cayeron como dientes rotos. El daño ya era imposible de ocultar.
—Maldita sea —murmuró Elena—. El armazón está cediendo. No es solo térmico.
—No paramos —dijo Leo—. Sigue.
Pasaron las horas en un zumbido constante. El cronómetro marcaba 03:52; quedaban 14 horas y 8 minutos. Elena dormía con la cabeza apoyada en el banco. Leo vigilaba las lecturas, los párpados como plomo.
Clic. Clic-clic. Suave, desde el conducto superior.
Se pegó a la pared, llave dinamométrica en mano. La rejilla cedió. Un dron M-7 descendió silencioso, ojos rojos, marca láser en la base: KROSS.
Leo saltó. Golpeó. El dron giró, inyector extendido. Leo rodó, estrelló la llave. Chispas. El brazo articulado destrozó el enfriador auxiliar y dos disipadores antes de que Leo lo aplastara contra el suelo.
Elena se levantó de un salto, soldador encendido. —¿Qué…?
Leo levantó los restos humeantes. —Dante. No se conforma con esperar.
Elena revisó los daños. Su expresión se endureció como acero. —Sin esos enfriadores, el sobremarcha completo dura menos de diez segundos reales. Ni llegamos a la primera ronda.
Leo miró el cronómetro: 14 horas 4 minutos. —Entonces voy al mercado negro. Ahora.
Elena sacó una tarjeta magnética gastada. —Llévate esto. Chatarrero que me debe la vida. Y no dejes que te vean salir.
Leo tomó la tarjeta y desapareció en la madrugada de Aethelgard.
Regresó con un enfriador usado goteando condensación verde. Cronómetro: 13 horas 41 minutos. Elena lo instaló sin palabras, dedos veloces. Leo conectó el Corazón Robado a un terminal blindado.
—Treinta segundos estables de sobremarcha —dijo ella mientras calibraba—. Después, vidrio fundido. Sin excepciones.
Leo pulsó la secuencia. La pantalla se iluminó. Curvas térmicas… y una carpeta oculta: Contención_Protocolo_Valle_Herido.
La abrió.
Líneas de órdenes militares. Fechas. Firmas. Protocolos de contención instalados de fábrica en cientos de unidades. Niveles de sabotaje sistemático para preservar el escalafón. Nombres de ingenieros silenciados. Y al final, una entrada que le cortó el aire:
Valenti, Marco – expulsión definitiva. Causa oficial: fallo estructural intencional. Protocolo Valle Herido activado.
Su padre. Víctima del mismo sistema.
Elena leyó en silencio. Su mano se cerró sobre el hombro de Leo, fuerte. —Es más grande que nosotros. Mucho más grande.
La puerta se abrió de golpe.
Dante Kross entró flanqueado por dos guardias, uniforme impecable, sonrisa helada. —Interesante lectura, Valenti. Lástima que no tendrás tiempo de compartirla.
Leo pulsó reproducir. El holograma se proyectó entre ellos: órdenes del consejo, transferencias a cuentas Kross, lista de cadetes «limitados» para mantener el orden.
La arrogancia de Dante se quebró en pánico contenido. —No puedes probar nada —dijo, voz temblorosa.
—Puedo reproducirlo en el torneo. Delante de Voss. Delante de toda la academia. Delante de las transmisiones.
Los guardias dudaron. Dante levantó una mano. —Esto no termina aquí.
Retrocedió. La puerta se cerró.
Leo cerró el puño sobre el terminal. El Reliquia zumbó grave al fondo, casi vivo.
Miró a Elena. —Mañana peleo con todo. Y si el núcleo explota… que explote mostrando la verdad.
El cronómetro marcó 13 horas 38 minutos.
La revisión esperaba. El torneo final esperaba. Y ahora también esperaba una verdad que podía incendiar Aethelgard entera.