La escalera se extiende
Leo caminaba por el corredor principal hacia el hangar central con el sabor metálico de la sangre todavía en la boca. El duelo de calibración contra Dante le había dejado un zumbido constante en las sienes y las muñecas en carne viva bajo los guantes. Pero no era el dolor físico lo que le apretaba el pecho: era el brazalete que vibraba cada tres minutos con la cuenta regresiva. 17 horas 42 minutos hasta la revisión formal del Corazón Robado. Y en casa, menos de cuarenta y ocho horas hasta que los oficiales de ejecución patrimonial cambiaran la cerradura de la puerta Valenti.
El dispositivo en su oreja emitió un pitido agudo. Videollamada entrante. Mamá. Aceptó sin dudar.
La cara de la señora Valenti apareció flotando a media altura, iluminada solo por la luz fría de la cocina. Detrás, las cajas apiladas contra la pared como ataúdes de cartón. Sus ojos estaban rojos, pero la voz salió firme.
—Leo, ya llegó la notificación final. Mañana al amanecer vienen. Dicen que la asociación con tecnología prohibida es causa suficiente para acelerar todo. No hay apelación posible a menos que…
Se detuvo. No necesitaba terminar. A menos que él consiguiera un milagro antes del amanecer.
Leo apretó los dientes hasta sentir crujir la mandíbula. —Estoy yendo al hangar ahora mismo. Tengo veinticuatro horas de protección provisional. Voy a usarla.
—No sé si alcanza, hijo. —La voz se quebró apenas un instante—. Tu padre… él también creyó que alcanzaba.
La llamada se cortó. El corredor pareció alargarse.
Antes de llegar a la compuerta blindada, una figura alta se interpuso. Dante Kross, impecable, con la insignia del Top 10 brillando en el pecho. Detrás, tres seguidores suyos bloqueaban el paso como perros de presa.
—Valenti. —Dante sonrió con esa cortesía que no llegaba a los ojos—. Mi gente me dice que tu madre ya está empacando. Lástima. Pero hay una salida limpia. Únete a mí. Te doy el escudo político que necesitas. Tu familia se queda en la casa. Tu rango sube sin más duelos suicidas. Simple.
Leo sintió el calor subirle por el cuello. —¿Y a cambio?
—A cambio dejas de hacer preguntas sobre el amplificador que encontraste en mi interfaz. Y entregas la grabación que tiene tu amiga la rata de hangar.
Leo soltó una risa corta, seca. —No.
Dante ladeó la cabeza. —¿No? Piénsalo bien. Tengo una copia parcial de esa grabación tuya del examen. Firma energética anómala. Suficiente para que Voss te saque del hangar antes del amanecer.
Leo dio un paso adelante. Los seguidores se tensaron. —Entonces publícala. Y yo publico lo del amplificador ilegal que usaste contra mí. Veremos quién cae primero.
Dante perdió la sonrisa por medio segundo. Luego la recuperó, más afilada. —Estás cometiendo un error.
—No —dijo Leo—. Tú lo cometiste cuando pensaste que podía comprarme.
Pasó entre ellos sin que nadie se moviera. El zumbido del sello energético del hangar lo recibió como un latido.
Antes de que pudiera tocar el lector retinal, una mano pequeña pero firme lo agarró del antebrazo.
—No entres todavía —dijo Elena. Capucha echada hacia atrás, ojos enrojecidos de no dormir—. Mira esto primero.
Le pasó una tableta rayada. El modelo tridimensional del Corazón Robado giraba lentamente. Líneas rojas trepaban por el núcleo como venas infectadas.
—Al cien por cien durante más de nueve segundos el núcleo entra en cascada térmica irreversible. No es solo que se queme el prototipo. El retroceso térmico va directo a tu interfaz neural. Quemaduras de tercer grado en el tallo cerebral. Parálisis parcial o muerte clínica en un treinta y siete por ciento de los casos simulados.
Leo sintió frío en la nuca. —¿Y el bypass que hablamos?
Elena negó con la cabeza. —Puedo darte cinco segundos extra antes del colapso. Pero la retroalimentación va a doler como si te clavaran agujas calientes en el cráneo. Y si fallas el timing… no sales caminando.
Un mensajero oficial apareció al fondo del pasillo, placa luminosa en alto. —Cadete Valenti. Combate de calibración oficial. Adversaria: Valeria Thorn, rango 8. Campo secundario. Transmisión en vivo. Aceptación obligatoria bajo cláusula 9.3 o pérdida inmediata de protección provisional.
Leo miró a Elena. —Prepáralo.
Ella lo miró fijamente. —Esto es una trampa, Leo. Quieren que lo fuerces. Que lo quemes tú mismo.
—Lo sé. Pero si no voy, pierdo las veinticuatro horas. Y mi madre pierde la casa.
Elena apretó los labios hasta que se pusieron blancos. —Cinco segundos. Ni uno más.
Leo entró al hangar. El Reliquia esperaba bajo el sello, inmóvil, con quemaduras frescas en tres placas de blindaje.
El Campo de Pruebas secundario rugía. Pantallas gigantes repetían el último impacto: el Reliquia había detenido el martillo de Valeria Thorn a tres centímetros del núcleo con un escudo de contención improvisado que nadie había visto antes en un rango tan bajo.
Valenti, Leo — Rango 8 (provisional)
La multitud era mitad furia, mitad incredulidad. Valeria seguía dentro de su Aegis-VII, inmóvil, cañón humeando, placas frontales abolladas.
Leo salió del cockpit con las piernas temblando, el olor a ozono pegado a la piel. Se quitó el casco. Sangre en la comisura de la nariz. Feedback del sobremarcha parcial.
—Rendición técnica confirmada —anunció el árbitro—. Victoria para Valenti.
El rugido subió. Las pantallas mostraron el close-up: tres placas del Reliquia con quemaduras negras visibles. El núcleo emitía un pulso irregular, rojo oscuro.
Elena, desde los boxes, solo asintió una vez.
Mientras Leo bajaba la escalerilla entre aplausos y abucheos, su brazalete vibró. Mensaje directo del director.
«Felicidades, Valenti. Reportaje privado. Nivel superior. Ahora.»
La oficina de Voss olía a ozono y metal caliente. El director no levantó la vista de la consola holográfica. La proyección giraba: un chasis esbelto, negro mate con vetas azul eléctrico. Aetherion-Prime.
—Valenti. Siéntate o quédate de pie. No voy a fingir que esto es amistoso.
Leo se quedó de pie.
—Veintitrés horas y cuarenta minutos —dijo Voss—. Eso es lo que te queda de protección. Después, revisión completa. Firma anómala, módulo no registrado, sobrecalentamiento sostenido… Ya sabes cómo termina.
—No vine a suplicar tiempo —respondió Leo—. Vine porque usted ya decidió que voy al torneo final.
Voss giró la proyección. El Aetherion-Prime se expandió. —Armadura reactiva. Núcleo de fusión de tercera generación. Firma energética limpia. El ganador del torneo final se lo lleva. Y tú estás clasificado, Valenti. Oficialmente.
Leo sintió el pulso acelerarse. —¿Condiciones?
—Sobrevive la revisión. Y no me obligues a sacarte antes.
Leo miró el chasis holográfico. Perfecto. Intocable. Todo lo que el Reliquia no era.
—Una pregunta —dijo—. ¿Por qué mi padre salió de aquí sin nada?
Voss lo miró por primera vez directamente. —Porque eligió el camino equivocado. Igual que tú, si sigues forzando ese trasto.
Leo apretó el puño. —No es un trasto. Y no voy a dejar que lo quemen.
Salió de la oficina. En el ascensor descendente, abrió los logs parciales que Elena le había pasado antes del combate. Líneas de código antiguo. Firma de mantenimiento. Y un fragmento enterrado: Protocolo de contención sistemática – prototipos no autorizados. Activación térmica en evento de alto perfil.
No era personal. Era la academia entera.
El brazalete vibró. 14 horas 17 minutos.
Leo miró su reflejo en el metal del ascensor. El ganador del torneo final recibiría un Aetherion-Prime. Pero si usaba el sobremarcha completo, el Reliquia se quemaría en la final.
Y aun así, la escalera seguía subiendo.