El nuevo estándar
El taller de Elena olía a ozono y a metal agonizante. El Reliquia no era más que un esqueleto de titanio chamuscado; sus placas de blindaje, fundidas por la sobremarcha, goteaban sobre el hormigón como lágrimas de acero. El núcleo del 'Corazón Robado' emitía un zumbido irregular, una frecuencia prohibida que hacía vibrar los dientes de Leo.
—El limitador está puenteado, pero el chasis no aguantará más de treinta segundos de sobremarcha pura —advirtió Elena, con los dedos aún temblorosos sobre la consola—. Si lo fuerzas un segundo más, el reactor se convertirá en una bomba de metralla.
Leo se frotó el rostro, sintiendo la aspereza de la fatiga. Faltaban doce horas para el desalojo de su familia y el cronómetro de la academia sobre la revisión del prototipo era una soga al cuello.
—Treinta segundos es todo lo que necesito para ganar la final y asegurar el futuro de mi madre —respondió Leo, ajustándose el guante de pilotaje—. Si vamos a caer, lo haremos rompiendo el sistema, no siendo aplastados por él.
En el estadio de Aethelgard, la atmósfera era eléctrica. La multitud, dividida entre el miedo a la élite y la rabia por la revelación del protocolo 'Valle Herido', observaba en un silencio tenso. El director Voss, desde el palco, intentó una última maniobra desesperada.
—¡Valenti, estás descalificado por uso de tecnología no autorizada! —bramó su voz por los altavoces, pero la multitud ya no escuchaba.
Leo ignoró la orden y, con un movimiento fluido, inyectó el archivo raíz del prototipo en la red pública del estadio. Las pantallas gigantes parpadearon y se tornaron de un rojo intenso, proyectando los planos del sabotaje sistémico que había condenado a cientos de pilotos, incluyendo a su padre. La verdad, cruda y sin filtros, se desplegó ante toda la ciudad. Voss palideció, atrapado en su propia trampa de transparencia académica.
El combate comenzó. El campeón defensor cargó, su lanza de energía trazando un arco cegador. Leo activó el bypass total. El Reliquia rugió con una potencia desconocida, un borrón de velocidad que desafiaba las leyes de la física de bajo rango. En el segundo veinte, Leo sacrificó el brazo izquierdo de su mech para realizar una maniobra de impacto suicida, estrellándose contra el núcleo del oponente. El estruendo fue ensordecedor; el campeón cayó, su mech inmovilizado por la sobrecarga del Reliquia.
El silencio que siguió fue absoluto. Leo forzó la escotilla, bajando del Reliquia mientras el humo ascendía en columnas negras. A su alrededor, la red pública terminaba de descargar la base de datos de la corrupción. Voss, derrotado, observaba cómo su autoridad se desmoronaba en tiempo real.
—Acabas de romper el candado, Leo —susurró Elena a través del comunicador, con la voz quebrada por la euforia—. Pero ahora eres el objetivo principal de cada facción en la ciudad.
Leo miró a las cámaras, su rostro proyectado en cada rincón de Aethelgard. La familia Valenti estaba a salvo del desalojo, pero el rango 50 que acababa de alcanzar no era una meta, sino una trinchera. La academia ya no era su hogar; era su campo de batalla. El ascenso apenas comenzaba, y el siguiente nivel ya estaba reclamando su sangre.