Deuda y diseño
El precio de la permanencia
El hangar C-7 apestaba a aceite quemado y sudor viejo. Leo bajó del Reliquia con las piernas rígidas. El chasis aún crepitaba, soltando vapor blanco que se enroscaba como dedos acusadores alrededor de las soldaduras mal hechas. Arriba, las pantallas de clasificación seguían fijas: Rango 50 – Leo Valenti. Un número que le había costado cartílago, tendones y cuarenta y seis horas de vida.
Se arrancó el casco. El comunicador vibró en su muñeca. Prioridad familiar.
Abrió el holograma. Su madre apareció demacrada, moño deshecho, voz apenas un hilo.
—Leo… vendimos la casa. Todo. El banco no esperó. Ya firmamos. Perdóname, hijo.
La imagen se cortó. Solo quedó el sello rojo: Deuda saldada – Propiedad ejecutada.
Leo apoyó la frente contra el muslo tibio del Reliquia. El metal le quemó la piel. No gritó. No había tiempo.
Cuarenta y seis horas para que Voss exigiera la demostración pública del Corazón Robado. Cuarenta y un horas antes de que el núcleo colapsara del todo.
Bajó al mercado negro por la escalera de servicio. Luces rojas y azules parpadeaban sobre puestos de chatarra. Encontró a El Cuervo detrás de su mesa blindada.
—Valenti. Rango 50. Ahora la gente mira. Y tu firma energética… ya la olió medio subsuelo.
Leo plantó las palmas en el acero.
—Núcleo B-9. Dieciocho mil. Es lo que tengo.
El Cuervo sonrió con dientes plateados.
—Dieciocho mil era para el chatarra del rango 187. Ahora cobro interés de curiosidad. Treinta y dos mil. O… —señaló el ring improvisado al fondo— entras al duelo exprés. Tres minutos. Ganas y te llevas el B-9 pagando solo catorce mil más. Pierdes y te quedas sin mech y sin créditos.
Leo miró la pantalla de estado en su antebrazo: Núcleo primario – Integridad 8 %. Fallo catastrófico estimado: 41 horas.
Aceptó.
Tres minutos después estaba dentro del ring. Marek, rango 70, mech ligero y limpio, atacó primero. Ráfaga de láser. Leo esquivó por milímetros. Empujó el bypass al 38 %. El Reliquia despertó con un rugido metálico.
Alfa-7.
Giró 540° en el aire, plantó el pie en el hombro enemigo y disparó el cañón de riel a quemarropa. El brazo armado de Marek salió volando. El mech cayó de rodillas en dos minutos y doce segundos.
Victoria visible. Créditos transferidos. El Cuervo le entregó el núcleo embalado sin más palabras.
—Esa firma tuya ya tiene dueños, Valenti. Cuídate.
Leo cargó el B-9 contra el pecho y subió al taller clandestino del subnivel B-4. Elena lo esperaba con las herramientas listas. El olor a ozono y soldadura los envolvió.
—Treinta y siete minutos de ventana térmica —dijo ella sin preámbulos—. Si pasas de 820 °C, el bypass se funde y Voss gana.
Leo colocó el núcleo en la cavidad torácica. Los anclajes magnéticos encajaron con un chasquido seco. Conectó la última fibra óptica. Elena inició la secuencia.
El pecho del Reliquia se iluminó en ámbar, luego en un azul venenoso. El HUD vomitó líneas de código.
—Está acelerando —murmuró Elena—. No solo recuerda. Predice. Tu intención… antes de que termines de pensarla.
Leo se limpió el sudor con el dorso del guante.
—¿Cuánto nos queda?
—Al ritmo actual, ocho por ciento en cuarenta y ocho horas. Si sigues empujando como hoy… tres.
El comunicador vibró otra vez. Llamada familiar. Valeria, doce años, ojos enormes.
—Leo… vendimos el solar de la abuela y el anillo de papá. Mamá llora en la cocina cuando cree que no la veo. Nos dan diez días para desalojar.
Leo tragó saliva. El taller pareció encogerse.
—Dile a mamá que voy a ganar el torneo de mitad de semestre. El premio cubre dos años de deuda. Les mandaré pasajes al anillo medio. Y que no voy a morir allá arriba.
Valeria lo miró como si quisiera creerle.
—Promételo.
—No voy a morir. Voy a subir. Y los voy a llevar conmigo.
La llamada terminó. El silencio pesó como plomo.
Elena cruzó los brazos.
—Tenemos que probarlo ahora. Si el Corazón Robado ya copia tu estilo, necesito números antes de que te mate.
Leo se puso el casco. Los cables se clavaron en la nuca. El simulador cargó un oponente genérico de rango 40.
Inició la secuencia Alfa-7 en su mente.
El Reliquia ya estaba girando antes de que completara el pensamiento. El escudo enemigo ni se levantó. El brazo cinético impactó exactamente donde Leo habría elegido. Dos décimas antes. Luego esquiva en picada, contrarrotación, salto con cancelación de momentum. Cada corrección llegó limpia, sin orden explícita.
Salió jadeando. Temperatura: 784 °C. Integridad del núcleo: 7.2 %.
Elena apagó el banco.
—Está aprendiendo más rápido de lo que debería. Cada predicción te ahorra reacción… pero quema el núcleo como si tuviera hambre.
Leo se quitó el casco. El sudor le corría por la sien.
—Entonces cada vez que lo use me acerco más al final del Reliquia.
—Y cada vez que no lo uses —respondió ella—, Dante y Voss te lo quitan y te botan de la academia. Elige: lento hasta la expulsión… o rápido hasta que te mate.
Leo miró el pecho del mech latiendo con ese azul enfermo. El prototipo ya no era solo una herramienta. Era un compañero que aprendía de él… y lo devoraba al mismo tiempo.
La trampa de Dante
El mensaje llegó mientras aún olía a soldadura: «Ejercicio de entrenamiento cruzado obligatorio. Rangos 20-50. Sector 4. Treinta minutos. Firma: Dante Kross».
No podía negarse.
Leo subió al cockpit. Elena en línea.
—Esto es una trampa. La firma sigue brillando. Dante ya tiene el registro completo del torneo.
El Sector 4 se materializó: ruinas urbanas, niebla, cobertura perfecta. Cuatro mechs esperaban. Dos lacayos de Dante y el Aegis Negro impecable.
—Valenti —la voz de Dante rezumaba miel podrida—. Bienvenido. Cubre el flanco izquierdo. Intenta no romper nada.
El ejercicio empezó limpio. Al minuto siete falló la coordinación. El flanco de Leo quedó desnudo. Tres drones cayeron sobre él.
Activó el bypass. El Corazón Robado respondió antes de que terminara el pensamiento: Alfa-9 improvisada, giro inverso de 720°, barrido que borró dos drones. El fuselaje crujió.
Dante “corrigió” la formación con un misil que pasó rozando el cockpit.
—Error mío —dijo con tono helado.
Un segundo enjambre llegó. Esta vez el prototipo ni esperó orden. Dash lateral, barrido láser, campo de interferencia que desarmó el arma de Dante sin tocarlo.
Los lacayos fueron eliminados. Dante quedó solo. El ejercicio terminó con victoria del equipo mixto.
El Reliquia salió cojeando, hombro derretido, núcleo al 67 %. En la consola parpadeó el log:
«Adaptación completada. Estilo Valenti integrado al 31 %. Próxima activación: +40 % eficiencia. Advertencia: drenaje acelerado. Vida útil núcleo proyectada: 72 horas.»
Elena irrumpió en el canal, voz tensa:
—Leo… ya no es solo memoria. Te copia. Pero cada uso lo está matando más rápido.
Leo miró el humo negro que salía del hombro del Reliquia. La victoria era pública. Visible. Pero el costo se medía en horas de vida del núcleo.
Y el siguiente techo ya no esperaba.
El ejercicio de Dante había sido solo el ensayo. Pronto sería un ataque real. Y el Reliquia estaba al borde de la destrucción total.