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Chapter 3: Prueba de fuego público

Leo compite en el torneo relámpago de rangos inferiores. Utiliza el bypass del Corazón Robado para ejecutar maniobras imposibles (Alfa-7) y logra victorias visibles y contundentes que lo llevan del rango 187 al 50, asegurando su permanencia y desbloqueando acceso a hangares medios. La multitud y Dante observan el cambio drástico. Al final, el Director Voss confronta a Leo sobre la tecnología prohibida y exige una demostración pública en el torneo de mitad de semestre contra rivales superiores, bajo amenaza de confiscación y expulsión permanente. Se revela que el prototipo está aprendiendo de su estilo, pero drena la vida útil del núcleo.

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Prueba de fuego público

Leo empujó la compuerta del hangar con el hombro. El metal ardía aún contra su palma sudorosa. El Reliquia aguardaba en el androide de acceso, envuelto en vapor que brotaba de las rejillas como aliento de bestia herida. La firma térmica parpadeaba en naranja crítico en su visor. El contador marcaba 46 horas y 12 minutos hasta la expulsión oficial.

En la pantalla gigante del pasillo principal, letras rojas cortaban el aire:

TORNEO RELÁMPAGO – RANGOS 200-100 Inscrito automáticamente: Valenti, Leo – Rango 187 Inicio: 2 horas 47 minutos

El estómago se le cerró como un puño. Elena surgió a su lado, capucha baja, gafas de aumento todavía en la frente, oliendo a soldadura fresca y café quemado.

—Te metieron por la anomalía de anoche —dijo sin preámbulos—. La red registró el salto de firma como “comportamiento de combate no autorizado”. Alguien quiere que sangres en vivo.

Leo levantó la vista hacia las gradas superiores. Dante Kross se apoyaba en la barandilla de cristal blindado, brazos cruzados. La sonrisa de siempre se había reducido a una línea tensa. Sus ojos no se despegaban del Reliquia.

—No podemos ocultar la firma ahora —murmuró Leo—. Si no peleamos, me borran del tablero en cuarenta y seis horas. Si peleamos y el núcleo revienta… al menos lo verán todos.

Elena le apretó el antebrazo con dedos firmes. —Entonces no revientes. Bypass solo cuando no quede remedio. Overclock por debajo del 240 % hasta que estés seguro.

El primer combate arrancó sin fanfarria. Ortiz, rango 120, entró pavoneándose en su mech de segunda mano con pintura reluciente. Hablaba más que pilotaba.

Leo activó el bypass al 180 %. El Reliquia respondió con un zumbido grave, profundo, como si despertara de años de sueño forzado. La embestida torpe de Ortiz se disolvió en un giro de 90° imposible para cualquier unidad de su rango. La segunda carga terminó con un golpe seco en el hombro articulado. La transmisión mostró el daño en rojo vivo. Ortiz maldijo por el canal abierto, pero Leo ya había iniciado la secuencia Alfa-7: giro 540° + esquiva en picada.

El público contuvo el aliento. El brazo del mech rival cayó cercenado.

Victoria registrada. Rango actualizado: 92

Dante apretó el puño en las gradas. Por el comunicador privado, Elena soltó una risa breve y seca. —Subiste noventa y cinco puestos en seis minutos. Respira, Valenti. Quedan tres rondas.

El segundo enfrentamiento no dio tregua para enfriar. Viktor Stahl, rango 78, facción Kross, entró con su Strident negro mate como un depredador. El locutor lo anunció como “el martillo que aplasta chatarra”.

Leo sintió el calor subirle por la nuca. No solo era el núcleo. Era el recuerdo de su madre limpiando mesas en el barrio, pagando un semestre que ya se le escapaba de las manos.

—Arrancamos —ordenó el árbitro.

Stahl jugó sucio: interferencias, misiles de proximidad, empujones que buscaban forzar un fallo térmico. El Reliquia resistió al 220 %, pero las alertas se multiplicaron. El disipador secundario cayó al 9 %.

—Chispa, no aguanto otro intercambio largo —gruñó Leo entre dientes. —Entonces no lo alargues. Overclock al 280 %. Ya.

Leo empujó el regulador. El Reliquia rugió. El prototipo anticipó un movimiento que Leo apenas había esbozado: bloqueó un misil en vuelo y respondió con un uppercut que dobló el blindaje frontal del Strident. Stahl retrocedió tambaleante. Leo no le dio respiro. Otra Alfa-7 rematada con disparo concentrado al núcleo expuesto.

La arena estalló. El nombre de Leo brilló en letras gigantes.

Victoria contundente. Rango actualizado: 61

La multitud coreó su nombre. Por primera vez.

En la cabina, una alerta roja parpadeó: Núcleo al 8 % de vida útil proyectada. Sobrecalentamiento crítico si se repite overclock superior al 260 %.

Leo tragó saliva. El prototipo aprendía sus patrones… y cada uso devoraba tiempo de vida del Corazón Robado.

La final llegó con el cronómetro en 45 horas y 17 minutos. Marco “Hierro” Delgado, rango 51. Mech Acero Templado impoluto, catorce victorias seguidas. En el palco, Dante se inclinó hacia adelante. El Director Halvarssen observaba con brazos cruzados.

Delgado señaló la cabina de Leo por el canal abierto. —Chatarra. Diez segundos para rendirte antes de que te desarme pieza por pieza.

Leo cerró los ojos un instante. Imaginó a su madre frente a la transmisión, manos apretadas contra la mesa de la cocina en el barrio endeudado.

—No me rindo —respondió en voz baja, más para sí que para el rival.

El gong resonó.

Delgado atacó con precisión quirúrgica, golpes dirigidos a romper articulaciones. El Reliquia sangraba aceite y chispas. El bypass subió al 300 %, luego al 320 %. Las alertas gritaban.

En el instante crítico, cuando el Acero Templado preparaba el remate, Leo liberó todo: 340 %.

El Reliquia se movió como si tuviera voluntad propia. Esquivó por milímetros, giró en el aire y descargó la Alfa-7 completa que nadie en rangos bajos había visto en combate real. El puño atravesó el pecho enemigo. El núcleo rival se apagó con un gemido eléctrico.

La arena rugió en aplausos y flashes.

Victoria final. Rango oficial: 50 Permanencia académica asegurada. Acceso a hangares de rango medio desbloqueado.

Leo salió de la cabina tambaleante, piernas temblorosas, el orgullo latiéndole en el pecho como un segundo corazón. Su madre estaría llorando frente a la pantalla. Por primera vez en años, no de impotencia.

Pero no hubo tiempo para saborearlo.

Dos asistentes de seguridad lo escoltaron directamente a la sala de revisión técnica restringida. El Reliquia quedó en el foso central, todavía humeante.

El Director Harlan Voss estaba de pie junto al panel maestro, de espaldas. Señaló la pantalla principal donde la firma energética del Reliquia trazaba una curva imposible.

—Valenti —dijo sin volverse—. Acabas de convertirte en el piloto más observado de Aethelgard en las últimas tres horas. Y el más peligroso.

Leo mantuvo los puños cerrados.

Voss giró. Sus ojos cargaban el peso de carreras enterradas que Leo ni siquiera podía imaginar. —El Corazón Robado. Tecnología de la Guerra de los Núcleos. Prohibida por tratado desde hace setenta años. Firma idéntica a la que detectamos en tu mech hace exactamente veintisiete minutos.

Un silencio afilado cortó el aire.

—No lo niego —dijo Leo.

Voss entrecerró los ojos. —Entonces no me hagas perder el tiempo con excusas. Quiero una demostración pública. Inmediata. En el torneo de mitad de semestre. Contra oponentes de rango superior. Si fallas, o si intentas esconder algo… el Reliquia será confiscado y tú expulsado permanentemente. Si triunfas… tal vez podamos hablar de excepciones.

Desde el fondo de la sala, Dante Kross observaba con una sonrisa helada.

Leo sintió el peso de todas las miradas. El reloj de la expulsión había dejado de ser su peor enemigo.

Ahora lo era el siguiente escalón de la escalera.

Y en la cabina, mientras el Reliquia se enfriaba, una nueva alerta parpadeó en silencio: el prototipo ya no solo respondía. Aprendía. Y cada lección drenaba un poco más la vida del núcleo.

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