La primera brecha
Las chispas saltaban como luciérnagas furiosas contra el techo oxidado del garaje clandestino. Leo sostenía el electrodo con los nudillos blancos, el sudor le corría por la sien y se metía en el ojo izquierdo. No parpadeó.
—Treinta y siete segundos para que la firma energética complete el primer ciclo de triangulación —dijo Elena sin levantar la vista del datapad—. Si no conectamos el bypass antes, los servidores de seguridad van a pintar este sector como un faro rojo.
Leo gruñó. El módulo prototipo —una pieza negra mate del tamaño de un puño que Elena había llamado «el Corazón Robado»— ya estaba encajado en el pecho abierto del Reliquia. Lo que faltaba era soldar el último puente de datos sin freír el núcleo. El mech respiraba en standby, un ronroneo grave y enfermo que hacía vibrar el suelo. Cuarenta y siete horas y doce minutos para la expulsión oficial. El contador no mentía.
—Mantén la corriente estable —ordenó Elena. Sus dedos volaban sobre tres pantallas simultáneas—. Si sube un milivoltio más de lo planeado, el módulo va a intentar compensar y nos va a freír a los dos.
Leo apretó los dientes y bajó el electrodo. La soldadura prendió limpia, azul eléctrico. El olor a ozono y metal quemado llenó el aire. Un latido sordo recorrió el chasis del Reliquia cuando el puente se cerró. Las luces del garaje titilaron una vez, fuertes, y volvieron a la penumbra.
Elena soltó el aire que había estado conteniendo.
—Conectado. El limitador sigue ahí, pero el módulo ya está hablando con el núcleo. Ahora solo falta probarlo.
Leo se limpió la cara con la manga sucia. El Reliquia ya no sonaba muerto. Sonaba… hambriento.
Se dejó caer en el asiento del piloto con un golpe sordo. El interior todavía olía a soldadura fresca. Las luces del garaje parpadeaban débiles sobre el caparazón maltrecho, pero el núcleo ya no emitía aquel zumbido asmático de siempre.
—Treinta y siete minutos desde que cerramos el último puerto —dijo Elena—. Si la firma se filtra ahora, estamos fritos antes del amanecer.
Leo giró la llave de arranque. El Reliquia despertó con un rugido grave, diferente. No el gemido resignado de chatarra vieja, sino un latido profundo, como si alguien hubiera quitado una mordaza de hierro.
—Simulador en línea —murmuró Elena—. Secuencia Alfa-7. La misma que te destrozó anteayer en el Campo. Si pasas de 0.4 G sostenidos sin que el disipador reviente, sabremos que el módulo aguanta.
Leo no respondió. Sus manos encontraron los controles con una familiaridad que dolía. Cuarenta y siete horas. El simulador se encendió. Terreno urbano derruido, seis drones clase C en emboscada.
Apretó los pedales. El Reliquia salió disparado.
No trotó. Corrió. El módulo inyectó potencia en oleadas brutales. Leo giró el torso 540 grados en pleno salto, esquivó un misil en picada invertida y aplastó al tercer dron contra una pared con un golpe de hombro que hizo crujir el simulador. Las pantallas del garaje se volvieron locas: 0.7 G sostenidos. 0.9. Pico de 1.2.
Completó la secuencia. El récord del rango bajo se rompió en letras rojas parpadeantes: +340 % sobre el promedio histórico.
El mech salió del simulador humeando. Vapor salía por todas las rejillas. Leo sintió el primer sabor real de superioridad, pero Elena ya estaba revisando los logs con el ceño fruncido.
—La firma energética cambió. Ya no es la del limitador viejo. Es… única. Más limpia. Más brillante. Dante va a verla en cuanto la red termine de procesar.
Leo tragó saliva. El Reliquia respiraba pesado, caliente, vivo.
El olor a metal recalentado aún flotaba denso cuando las botas de Dante Kross resonaron contra el suelo de rejilla. Leo se congeló con la mano en la placa de acceso. El mech seguía emitiendo un zumbido bajo, casi animal, y finas volutas de vapor escapaban por las juntas.
Elena dejó caer la llave dinamométrica. clang.
Tres figuras emergieron: Dante al frente, impecable, flanqueado por dos asistentes con tabletas de diagnóstico.
—Valenti —dijo Dante sin alzar la voz—. Qué sorpresa encontrarte aquí abajo, jugando al mecánico después de horas.
Leo sintió el sudor resbalar por la nuca.
—No es un juego —respondió, espalda recta—. Reparaciones de emergencia. Legal, documentado.
Dante ladeó la cabeza. Sonrisa fina.
—Emergencia. Interesante. —Señaló el Reliquia—. Porque los sensores acaban de registrar un pico que supera en 340 % el promedio de tu rango. Y esa firma… no coincide con nada autorizado en Aethelgard.
Leo mantuvo la mirada fija.
—Reconfiguración de emergencia. Protocolo 19-B. Tengo los sellos digitales en el log principal.
Dante dio un paso más cerca. El vapor del Reliquia le rozó la chaqueta.
—¿Protocolo 19-B en un mech que lleva tres semestres dando lástima? Curioso. —Sus ojos se clavaron en Leo—. Déjame ver esos logs. Ahora.
Leo no se movió.
—Están encriptados por seguridad académica. Puedes solicitarlos por canal oficial mañana a primera hora.
Dante soltó una risa corta.
—Siempre tan preciso, Valenti. —Se volvió hacia sus asistentes—. Anoten la firma. Quiero un análisis completo antes del amanecer. —Luego miró de nuevo a Leo, sonrisa fría—. Te estaré mirando cuando esa chatarra explote en el Campo.
Se dio la vuelta. Las botas se perdieron en el corredor.
Elena soltó el aire tembloroso.
—Se fue. Pero no se lo creyó ni un segundo.
Leo apoyó la frente contra el metal aún caliente del Reliquia.
Cuarenta y seis horas y pico.
Las pantallas del garaje se encendieron todas al mismo tiempo con un pitido agudo.
TORNEO RELÁMPAGO – RANGOS INFERIORES Eliminatoria inmediata. Inscripción automática para anomalías detectadas en las últimas 2 horas.
Leo sintió el estómago convertirse en plomo.
Elena ya estaba frente al panel.
—Nos metieron de oficio. La anomalía energética… la red la marcó como “rendimiento no autorizado”. No hay opción de rechazar.
Leo miró el Reliquia. Todavía humeaba. El sistema de refrigeración apenas empezaba a estabilizarse. Forzarlo ahora, en combate real, podía llevar el núcleo al rojo en menos de seis minutos.
Pero rechazar la inscripción automática sería confesión de manipulación ilegal. Expulsión inmediata.
Elena giró hacia él, ojos brillantes de adrenalina y miedo.
—¿Qué hacemos?
Leo respiró hondo. El contador seguía corriendo. La firma energética seguía brillando en la red. Dante ya la estaba rastreando.
—Peleamos —dijo—. Y ganamos.
Las pantallas principales de Aethelgard repitieron el anuncio en todas las torres, pasillos y dormitorios. El nombre de Leo Valenti apareció junto al pico imposible de rendimiento.
La primera modificación estaba instalada. Había demostrado su potencia.
Pero el mech emitía una firma energética única.
Y Dante Kross ya la estaba siguiendo.