Chatarra de alto nivel
El metal del Reliquia gimió, un sonido agónico que se filtró por la cabina, mezclándose con el zumbido eléctrico de los escudos de entrenamiento. Leo Valenti apretó los dientes, sus manos volando sobre los controles desgastados para compensar la deriva lateral. Frente a él, el Aegis-V de Dante Kross brillaba con un pulido impecable, un depredador de cromo que se movía con la fluidez de un sueño mientras el suyo, un armatoste de segunda mano, luchaba por mantenerse en pie.
—¿Eso es todo, Valenti? —la voz de Dante resonó en el canal público, amplificada por el sistema de la academia para los miles de estudiantes en las gradas—. Mi abuelo construyó este chasis hace treinta años. Es un insulto que todavía intentes pilotarlo.
Leo no respondió. Sus ojos estaban fijos en el tablero: la temperatura del núcleo subía. El sistema de refrigeración, parcheado con cinta industrial, estaba al límite. Si el mech se fundía, su beca desaparecería, y con ella, la última propiedad de su familia en el sector residencial. Esquivó un disparo de energía que chamuscó el hombro de su unidad, sintiendo el impacto sacudirle los dientes. Cuando intentó responder con el cañón de pulso, el sistema bloqueó el disparo. Una luz roja parpadeó en su visor: Error de sincronización: limitador de potencia activo.
El Aegis-V se abalanzó, una estela de luz azulada que terminó en un golpe seco contra el pecho del Reliquia. Leo salió despedido hacia atrás, sus sensores gritando advertencias mientras el mech se desplomaba contra el muro de contención. El silencio en el estadio fue absoluto, roto solo por el siseo del vapor que escapaba de los circuitos fundidos.
Notificación de sistema: Fallo en prueba de recalibración. Estatus académico: Crítico. Expulsión programada en 48 horas.
Leo salió de la cabina, con las piernas temblando. Dante lo miraba desde lo alto de la plataforma, con una sonrisa gélida. Leo no le devolvió la mirada; caminó hacia el depósito de chatarra, el único lugar donde su presencia no era un estorbo.
El depósito olía a ozono y metal oxidado. Leo arrastró el chasis hasta el rincón más alejado, donde Elena 'Chispa' Rossi lo observaba desde una pila de placas de blindaje. Sus ojos, afilados como un escáner, recorrieron el mech con una mezcla de lástima y desprecio profesional.
—Si sigues arrastrándolo así, terminarás de romperle el actuador de la rodilla —dijo ella, acercándose con un destornillador sónico. Golpeó el blindaje. El sonido fue sordo—. ¿Sabes qué es esto, Leo? No es desgaste. Es un limitador de potencia artificial. Alguien configuró tu núcleo para que nunca alcance el 20% de su capacidad. Es un grillete diseñado para que seas el hazmerreír de la academia.
Leo sintió que la sangre le hervía. La humillación de su familia, el desprecio de Dante, todo tenía sentido ahora.
—¿Puedes quitarlo? —preguntó, su voz cargada de una urgencia fría.
—Si entro en el núcleo de seguridad, la red detectará la intrusión en menos de un minuto —advirtió Elena, sus dedos volando sobre una interfaz holográfica—. Si fallamos, no solo serás expulsado; serás procesado por manipulación de hardware prohibido.
—No tengo nada que perder, Elena. Hazlo.
Elena soltó un bufido, pero sus manos se movieron con precisión quirúrgica. Introdujo la llave maestra que habían extraído del log de datos de un mech accidentado. El taller se llenó con el chirrido de los ventiladores del Reliquia intentando compensar una carga energética inmensa. En la pantalla, un esquema complejo se desplegó: el diseño de un prototipo prohibido, una arquitectura de flujo energético que superaba cualquier modelo estándar de la academia.
De repente, una alarma estridente cortó el aire. El sistema de seguridad de Aethelgard acababa de detectar la intrusión. El log de datos reveló la verdad del diseño, pero el precio fue inmediato: la firma energética del Reliquia se volvió inconfundible, una llamarada de datos en la red de vigilancia que Dante Kross, desde su terminal privada, no tardaría ni un segundo en rastrear.