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Chapter 5: La sombra de la élite

Leo recibe la orden oficial de presentarse a un "ejercicio de entrenamiento" con la facción de Dante Kross. Mientras camina hacia el hangar, habla con Elena por comunicador, quien le advierte que cualquier uso significativo del Corazón Robado expondrá irreversiblemente la firma energética prohibida. A pesar del riesgo, Leo decide entrar al Campo de Pruebas, activa la restricción al 31 % de sincronía y cruza el umbral sabiendo que la transmisión en vivo ya ha comenzado y que no hay marcha atrás. En la niebla térmica del Campo de Pruebas, Leo es rodeado por cuatro mechs de élite de la facción Kross. Usando la sobrecarga táctica del Corazón Robado, desactiva los escudos de dos enemigos, los derrota visiblemente y fuerza la retirada humillada de los cadetes mientras las pantallas de clasificación muestran su ascenso provisional y la caída de los atacantes. Dante aparece en persona, alineando su arma principal, dejando al Reliquia al borde del colapso total con el núcleo cayendo aún más. Dante Kross entra en escena con su mech Apex-VII asistido por IA externa. Leo detecta los patrones inhumanos y, en el momento crítico, usa la sobrecarga táctica del Corazón Robado para colapsar los escudos del Apex y forzar un retroceso visible. Dante se retira alegando fallo técnico para salvar la cara, pero las repeticiones públicas muestran su dependencia de la IA y su error humano. Leo gana posiciones en el ranking (llega a 47), pero el núcleo cae a 61 % y la presión temporal se acorta. Con el Reliquia inmovilizado al 59 % de integridad, Leo autoriza a Elena la integración de emergencia del módulo prohibido 'Último Aliento'. El núcleo se estabiliza momentáneamente al 71 %, pero la firma energética cambia irreversiblemente, activando protocolos de contención de la academia. El mech queda humeante e inmóvil en el centro del Campo mientras las sirenas suenan y los drones pasan de rescate a inmovilización, exponiendo públicamente la anomalía tecnológica.

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La sombra de la élite

La convocatoria en los hangares

El comunicador vibró contra la palma de Leo como un insecto moribundo. Mensaje oficial. Sello dorado de la Academia Aethelgard. Asunto: Ejercicio de entrenamiento conjunto – Obligatorio – Hangar Medio 17, 14:00 horas.

Faltaban cuarenta y seis horas para la revisión de Voss. Diez días para que su familia perdiera el último techo que les quedaba.

Leo dejó caer la llave inglesa sobre el capó del Reliquia. El clang metálico resonó en el hangar desierto. El núcleo B-9 recién instalado aún despedía calor residual; el olor a ozono y soldadura quemada le recordaba que cada mejora comprada en el mercado negro era también una cuenta regresiva más corta.

Abrió el mensaje.

De: Oficina de Instrucción Táctica – Firma: Cadete Superior Dante Kross (autorizante)

Leo sintió el pulso en las sienes. No era un entrenamiento. Era una ejecución pública con formato administrativo.

El comunicador volvió a vibrar. Llamada entrante. Elena.

—Dime que no vas a entrar ahí —dijo ella sin saludo.

—Voy a entrar.

Silencio de tres segundos. El sonido de dedos golpeando furiosamente un teclado al fondo.

—La firma energética del Reliquia ya está en la lista de vigilancia nivel 2. Si activas el Corazón Robado aunque sea al 15 %, los sensores del Campo de Pruebas lo van a gritar en tres frecuencias distintas. Dante lo va a tener en alta definición antes de que termines el primer giro.

Leo apoyó la frente contra el blindaje frío del Reliquia. El metal aún estaba tibio en la zona del núcleo.

—¿Y si no lo activo?

—Te destrozan en noventa segundos y te sacan del ranking por “rendimiento insuficiente”. Tu núcleo está al 67 %. No aguantas ni media hora de combate sostenido sin el bypass.

Leo cerró los ojos.

—Entonces tengo que activarlo. Pero controlado. Solo lo justo.

Elena soltó una risa amarga.

—¿Controlado? El Corazón Robado ya te lee mejor que tú mismo. A 31 % de adaptación predictiva, va a decidir por ti en cuanto huela peligro real. Y cuando lo haga, la firma va a cambiar de color en todas las pantallas de la academia.

Leo miró hacia las puertas del hangar. Afuera, en los pasillos principales, ya se veían grupos de cadetes moviéndose hacia las gradas de observación del Campo de Pruebas. Algunos señalaban en su dirección. Otros grababan con los antebrazos.

—Elena… si salgo corriendo ahora, confirmo que tengo algo que esconder. Y entonces no solo me cazan a mí. Te cazan a ti también.

Silencio otra vez.

—Sube al Reliquia —dijo ella finalmente—. Te estoy enviando un perfil de sobrecarga táctica acotada al 31 %. Úsalo solo si estás a punto de morir. Y Leo…

—¿Qué?

—No dejes que Dante vea tu cara cuando te duela. Eso es lo que más quiere.

La comunicación se cortó.

Leo respiró hondo, abrió la cabina y se dejó caer en el asiento de pilotaje. Los arneses se cerraron automáticamente con un chasquido seco. La interfaz retinal cobró vida.

Núcleo primario: 67.4 % Corazón Robado: 31 % de sincronía – Predictivo activo Firma energética: detectable – Nivel de alerta 2/5

Tecleó el comando manual. La restricción temporal al 31 % apareció en ámbar.

Advertencia: cualquier sobrepaso activa modo libre. Probabilidad estimada de detección total: 94 %.

Leo sonrió sin ganas.

—Que vengan.

El Reliquia se levantó con un gemido de servomotores forzados. Las luces del hangar se reflejaron en las cicatrices frescas del blindaje. Caminó hacia las puertas dobles que comunicaban con el Campo de Pruebas.

Al cruzar el umbral, las pantallas gigantes del perímetro exterior se encendieron simultáneamente.

ENTRENAMIENTO CONJUNTO – EN VIVO

Leo sintió el peso de cientos de miradas digitales cayendo sobre él.

Las puertas se cerraron a su espalda con un sonido de cerrojo hidráulico definitivo.

En la esquina superior derecha de su HUD apareció el contador de transmisión: En vivo – 1,847 espectadores.

Y subiendo.

Emboscada en la niebla térmica

El Reliquia avanzaba a ciegas entre columnas de vapor blanco que olían a metal recalentado. Cuarenta y cinco horas y media para la revisión de Voss. El núcleo primario marcaba 67 % en la esquina del visor; cada pulso del Corazón Robado le restaba fracciones visibles. Leo sentía el drenaje en las sienes como si le estuvieran exprimiendo la sangre.

—Contacto térmico, cuatro firmas pesadas —susurró la voz sintética del módulo, ya con ese matiz que imitaba su propio tono cuando estaba furioso—. Formación delta invertida. Quieren el torso y el brazo izquierdo.

No hubo tiempo para maldiciones. La niebla se partió en cuatro lugares simultáneos. Cuatro siluetas angulares emergieron: blindaje espejo negro, cañones de plasma alineados, propulsores fríos. Los Halcón-VI de la facción Kross. Cada uno valía más que todo lo que la familia Valenti había poseído antes de vender la casa de la abuela.

El primero disparó sin aviso. Un rayo azul atravesó el hombro del Reliquia; la alarma de integridad saltó al 64 %. Leo giró el torso usando solo impulso residual, dejando que el segundo disparo pasara rozando el núcleo expuesto. El Corazón Robado parpadeó en ámbar: Predicción 87 % – siguiente vector 14° derecha, doble pulso.

Leo ya estaba moviéndose antes de que la predicción terminara de dibujarse. Empujó los pedales hasta el fondo. El Reliquia se lanzó en un derrape lateral imposible, patinando sobre escombros fundidos. Los dos Halcón que flanqueaban cerraron la pinza; sus escudos de contención brillaban con el típico fulgor violeta de los modelos de élite.

—Sobrecarga táctica, ahora —ordenó Leo en voz baja.

El Corazón Robado respondió con un zumbido grave que Leo sintió en los dientes. Una onda de pulso invisible salió del pecho dañado del Reliquia. No era daño térmico ni cinético: era interferencia de fase. Los escudos violetas de los dos mechs delanteros chisporrotearon, se volvieron translúcidos y luego se apagaron por completo durante 4,2 segundos. El visor lo marcó con precisión quirúrgica.

Leo no desperdició ni medio latido. Disparó los dos cañones de hombro al unísono. El impacto directo destrozó el estabilizador de rodilla del Halcón izquierdo; el mech cayó de bruces entre una lluvia de chispas. El segundo intentó retroceder, pero Leo ya estaba encima: un rodillazo reforzado con el nuevo núcleo B-9 hundió el generador auxiliar. El piloto eyectó en paracaídas naranja antes de que el reactor entrara en emergencia.

Las pantallas de observación flotantes, suspendidas en la niebla, actualizaron en tiempo real:

Kross Auxiliar-03 → -180 puntos Kross Auxiliar-04 → -220 puntos Valenti, Leo → +340 puntos (Rango 50 → 47 provisional)

Los otros dos cadetes vacilaron. Leo escuchó sus comunicaciones fragmentadas por el canal abierto que Dante mantenía adrede:

— ¡No puede ser, los escudos están muertos! — ¡Retroceden, retroceden, formación de contención! — ¡Es esa maldita firma otra vez, no es normal!

Leo sonrió dentro del casco, los labios partidos por la tensión. El Corazón Robado alcanzó 32 % de adaptación en ese instante; la interfaz mostró el número en rojo sangre antes de desvanecerse.

Entonces la niebla se abrió en el centro.

Un quinto mech descendió lentamente, propulsores casi silenciosos. Blindaje obsidiana pulida, líneas doradas, el emblema Kross grabado en el pecho con luz propia. Dante no necesitaba hablar para que todos supieran quién era.

—Bonito truco, Valenti —la voz llegó limpia por el canal general—. Pero sigues siendo chatarra con un juguete robado.

El cañón principal del mech de Dante se alineó. No disparó de inmediato. Quería que Leo lo viera venir.

Leo miró el contador: núcleo al 65,8 %. Cuarenta y cinco horas y veintiocho minutos para la revisión. La familia tenía nueve días y medio para desalojar.

Apretó los dientes hasta que crujieron.

—Ven por mí tú mismo, heredero —dijo, y empujó el Reliquia hacia adelante, directo al centro de la cruz de puntería.

El primer disparo de Dante no falló.

Dante entra al tablero

El Reliquia temblaba en el centro de la arena abierta, con el núcleo primario sosteniéndose en un frágil 67 %. Leo sentía el pulso del Corazón Robado en su nuca como un segundo corazón latiendo fuera de ritmo. Cuarenta y seis horas para la revisión de Voss. Diez días para que su familia quedara literalmente en la calle. Y ahora esto.

Las pantallas flotantes del Sector Central multiplicaban la imagen: el Apex-VII descendiendo desde el borde elevado del campo como un depredador que ya había marcado a su presa. Negro mate, líneas de oro pulsátil, dos metros más alto que cualquier mech estándar de cadete. El rugido de sus propulsores principales ahogaba el murmullo de la transmisión en vivo.

—Valenti —la voz de Dante llegó limpia por el canal abierto, sin distorsión—. Deberías haberte quedado en el rango basura donde perteneces.

Leo no respondió. Sus sensores ya estaban leyendo patrones. Los movimientos del Apex eran demasiado perfectos: correcciones de trayectoria en 0.02 segundos, ajustes de balance imposibles para reflejos humanos. IA externa. No una simple asistencia de puntería. Algo que leía el entorno y pilotaba por encima del piloto.

El Apex aterrizó con un crujido controlado que hizo vibrar el suelo. Las cámaras giraron hacia ellos. Cincuenta mil espectadores virtuales. Las pantallas de clasificación ya parpadeaban con apuestas en tiempo real: 92 % a favor de Dante.

—Este es un ejercicio de entrenamiento oficial —continuó Dante, casi aburrido—. Pero veo que tu chatarra sigue funcionando. Qué desperdicio de oxígeno.

Leo apretó los controles. El Corazón Robado le devolvió una predicción en rojo parpadeante: Probabilidad de colapso catastrófico en 180 segundos si recibe impacto directo en el núcleo. Pero también una ventana: Sobrecarga táctica nivel 3 disponible. Probabilidad de disrupción de escudos enemigos: 78 %.

No había opción de huir. La arena estaba cerrada por barreras de contención. Retirarse equivalía a deserción pública.

—Muéstrame qué tan lejos llega tu suerte de pobre —dijo Dante.

El Apex aceleró en línea recta. No maniobra elaborada. Solo potencia bruta: cañones de partículas cargando en los hombros, rieles magnéticos listos para lanzar flechettes a Mach 8.

Leo esperó hasta el último medio segundo. Cuando los cañones dispararon, activó la sobrecarga táctica.

Un pulso electromagnético dirigido salió del pecho del Reliquia, no en abanico, sino en lanza precisa. Los escudos del Apex titilaron y colapsaron en cadena. Las pantallas mostraron el momento exacto: disrupción confirmada. El rugido colectivo de la transmisión virtual fue instantáneo.

Dante reaccionó tarde. Su IA corrigió, pero el Apex ya había perdido el momentum. Leo giró en un Alfa-7 incompleto —no tenía potencia para el 540° completo—, pero suficiente para meterse bajo el brazo derecho del Apex y descargar un golpe de puño reforzado contra la articulación del hombro.

Metal crujió. Una placa de blindaje se desprendió y cayó humeante.

Por primera vez, el Apex retrocedió dos pasos completos.

Las pantallas explotaron con repeticiones en cámara lenta. El público vio lo imposible: Dante Kross, el intocable, retrocediendo ante el chatarra.

—Tramposo —escupió Dante por el canal abierto—. Eso no es pilotaje. Eso es tecnología prohibida.

Leo respiró entrecortado. El núcleo primario había caído a 64 %. El olor a aislamiento quemado ya llenaba la cabina.

—No necesito excusas —respondió por fin—. Tú retrocediste. Todos lo vieron.

El Apex se estabilizó. Los cañones volvieron a cargar, pero más lentos. La IA intentaba recalcular, pero ahora dudaba. Leo lo sintió: el patrón inhumano se quebraba cada vez que Dante tenía que decidir por sí mismo.

Dante lo entendió también.

De pronto, el Apex levantó un brazo en señal de detención.

—Fallo técnico —anunció por el canal general—. Sobrecarga en el sistema de contención. Ejercicio suspendido.

Las barreras de la arena se abrieron. El Apex se elevó sin mirar atrás.

Pero las pantallas no mintieron.

Las repeticiones seguían rodando: el momento exacto en que la IA falló en predecir el contraataque de Leo, el instante en que Dante tuvo que tomar el control manual y perdió medio segundo. El público lo vio. Las apuestas cambiaron en vivo. El porcentaje de Dante cayó a 81 %.

Leo dejó caer los hombros dentro de la cabina. El Reliquia estaba inmóvil, humeando por tres juntas diferentes. El núcleo primario marcaba 61 %. Cada respiración le costaba más al mech que a él.

En las pantallas de clasificación, su nombre subió tres posiciones. Rango 47.

Pero el contador seguía corriendo.

Cuarenta y cinco horas y cincuenta minutos hasta la revisión de Voss.

Y ahora toda Aethelgard sabía que el Reliquia no era chatarra.

Solo quedaba esperar a ver cuánto tardaría Dante en volver con algo que no pudiera ser interrumpido por un pulso táctico.

O cuánto tardaría el núcleo en rendirse del todo.

Al borde del colapso

El Reliquia estaba muerto en el centro del Campo de Pruebas.

Integridad del núcleo: 59 %. El contador rojo parpadeaba en la cabina como un latido moribundo. Leo sentía el olor a circuitos quemados subiéndole por la garganta. Las pantallas principales estaban negras; solo quedaba el HUD de emergencia proyectando números que bajaban cada ocho segundos.

59 → 58.7 → 58.2.

Los drones de recuperación de la academia ya se acercaban, cuatro puntos rojos en el radar táctico. Si llegaban antes de que él autorizara la maniobra, confiscarían el Reliquia entero. Protocolo estándar: chatarra inmóvil = decomiso inmediato.

Leo apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

—Chispa —susurró al canal privado, voz ronca por el humo—. Dime que sigues ahí.

La respuesta llegó con estática y el sonido de herramientas golpeando metal.

—Aquí estoy, genio. Sesenta y siete por ciento de integridad cuando entraste en combate. Ahora estás en cincuenta y nueve y cayendo como piedra. ¿Qué carajos hiciste?

—Sobreviví —dijo Leo—. Dante trajo cuatro. Luego vino él mismo.

Silencio breve. Luego la risa corta y seca de Elena.

—Claro. El principito no soporta que un chatarra le devuelva un golpe. Escucha: tienes cuatro minutos y doce segundos antes de apagado total. Los drones estarán encima en tres minutos veinte. Decide ya.

Leo miró el esquema proyectado en el cristal rajado. La pieza prohibida —el módulo de emergencia que Elena había bautizado “Último Aliento”— flotaba en rojo. Integración no autorizada. Riesgo de fallo catastrófico: 84 %. Traza energética permanente. Detección garantizada por los sensores de Aethelgard.

Pero si no lo hacía, el Reliquia se iba a negro. Y con él, los 46 horas que le quedaban antes de la revisión de Voss. Y con eso, la última oportunidad de ganar lo suficiente para los dos años de deuda que su familia ya no podía pagar.

Diez días. Eso era lo que le quedaba a su abuela para desalojar la casa que habían vendido para mantenerlo aquí.

Cerró los ojos un segundo. Vio la cara de su madre cuando le dijo por videollamada que “ya estaba hecho, mijo, no te preocupes”. La voz quebrada. La mentira valiente.

Abrió los ojos.

—Hazlo —dijo.

—¿Estás seguro? Una vez que lo conecte, la firma energética del Reliquia va a cambiar para siempre. No hay vuelta atrás. Voss, Dante, los sensores de toda la academia… todos van a ver que ya no eres el mismo cacharro de antes.

—Hazlo —repitió Leo, voz firme—. Si me quedo quieto, me entierran. Si exploto, al menos me llevo el orgullo por delante.

Elena soltó el aire.

—Conectando… ahora.

El Reliquia se estremeció. Un latigazo eléctrico recorrió la cabina. El núcleo rugió, subió de golpe: 59 → 64 → 68 → 71 %.

Estabilizado. Por ahora.

Pero el HUD principal volvió con una alarma nueva, en rojo sangre:

FIRMA ENERGÉTICA ALTERADA – PROTOCOLO DE CONTENCIÓN ACTIVADO

Las sirenas de contención resonaron en todo el Campo. Los drones de recuperación cambiaron de patrón: ya no venían a rescatar. Venían a inmovilizar.

Leo sintió el peso del casco como si fuera plomo.

El Reliquia humeaba, inmóvil, en el centro del campo. Luces rojas girando a su alrededor. Pantallas gigantes en los laterales del estadio mostrando la silueta del mech con el nuevo contorno energético parpadeante, imposible de ignorar.

Y en algún lugar, Dante Kross estaría mirando la transmisión, sonriendo.

Porque ahora todos sabían que el chatarra ya no era chatarra.

Y eso lo convertía en presa mayor.

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