El precio de la libertad
El cenicero de cristal tallado, una pieza de diseño que solía ser el refugio de la frialdad de Adrián, contenía ahora solo el residuo negruzco de lo que fue su salvación y su condena: el contrato. Elena observó las volutas de humo gris que ascendían, disipándose en el aire climatizado del penthouse. El silencio que llenaba la estancia no era el vacío opresivo de antaño, sino una tensión eléctrica, cargada de una honestidad brutal. Adrián permanecía de pie junto al ventanal, con las manos ocultas en los bolsillos de su chaqueta a medida. Había renunciado al poder legal que la ataba, pero al hacerlo, se había despojado de su armadura de multimillonario i
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