El incidente del colegio
El penthouse seguía oliendo a café frío y a una tregua que se desmoronaba. Elena dejó el sobre sobre la mesa de mármol —esa superficie donde Adrián negociaba como si firmara sentencias— y lo empujó hacia él. No era una invitación, era una acusación.
—¿Cuánto más de tu expediente me vas a ocultar? —preguntó ella. Su voz no tembló; se afiló contra el silencio del salón.
Adrián, de pie frente al ventanal, no se giró de inmediato. Su silueta era una sombra recortada contra la luz gris de la mañana. Cuando finalmente la miró, sus ojos no
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