El precio de la protección
El silencio en el penthouse de Adrián Varela no era paz; era una suspensión de hostilidades. La gala de la noche anterior había dejado a Elena con los nervios a flor de piel, pero el verdadero peligro no estaba en los flashes de los fotógrafos, sino en la pantalla de su teléfono, que vibró sobre la mesa de mármol con la insistencia de una sentencia judicial.
—Colegio San Gabriel —leyó Elena, su voz apenas un susurro tenso. Adrián, que observaba el amanecer desde el ventanal con una taza de café negro, ni siquiera se giró.
—Contesta —ordenó él. Su tono n
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