La primera mentira pública
El vestidor del penthouse de Adrián Varela no era un espacio para la vanidad, sino una sala de operaciones. El aire, filtrado y gélido, carecía de rastro humano. Elena Valdés observaba su reflejo: el vestido negro, de una seda tan pesada que parecía fundirse con su piel, no era una prenda, sino una armadura. Horas antes, esa misma mujer suplicaba por la seguridad de su hijo en un despacho que olía a poder y desprecio. Ahora, debía encarnar la farsa que le devolvería el anonimato.
—No es un disfraz, Elena —la voz de Adrián cortó el silenci
Preview ends here. Subscribe to continue.