El desayuno de las cenizas
El mármol del penthouse de Adrián Varela no estaba diseñado para la calidez; era una extensión gélida de su propia ambición. Elena Valdés apretó el bolso contra su pecho, sintiendo el peso muerto del teléfono móvil en su interior. La llamada del colegio de su hijo, recibida apenas veinte minutos antes, todavía resonaba en sus oídos como una sentencia de muerte: una filtración sobre su pasado, una amenaza de expulsión inminente y el miedo palpable de que el nombre de su hijo fuera pasto de los tabloides al amanecer.
Adrián estaba de espaldas, observando el horizonte de la Ciudad de México desde el ventanal de pi
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