La verdad del hijo
El despacho de Julián Varela no era un refugio; era un centro de mando. Elena permanecía de pie frente al ventanal, observando cómo la ciudad se encendía bajo la lluvia, mientras el peso del dossier de vigilancia —esa crónica de su vida privada escrita por un extraño— palpitaba en su memoria como una herida abierta.
—¿Desde cuándo, Julián? —preguntó, sin girarse. Su voz sonaba más firme de lo que se sentía—. ¿Desde cuándo Mateo es un dato en tus archivos? ¿Fue siempre una red de seguridad o el capricho de un hombre que no sabe confiar en nadie?
Julián dejó la pluma sobre el escritorio con un chasquido seco. Se levantó,
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