El punto de ruptura
El silencio en la oficina de Julián era un arma cargada. Elena sostenía el ledger original contra su pecho, sintiendo el peso de las páginas amarillentas como si fueran una sentencia de muerte. Sobre el escritorio de caoba, el teléfono vibró, un zumbido metálico que cortó el aire viciado de la estancia. Era Ricardo.
Elena respondió antes del segundo tono. Su voz no tembló, aunque cada fibra de su ser estaba en alerta máxima. —Tengo lo que quieres, Ricardo —dijo, con la mirada fija en el ventanal que daba a la ciudad, donde las luces nocturnas parecían ojos observándola—. Pero si tocas a Mateo, el original desaparece. Y tú sabes exactamente qué pasará
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