La compensación del poder
El silencio en la suite de la residencia Varela no era vacío; era una presión atmosférica, un peso que se acumulaba en los pulmones de Elena. Sobre la mesa de caoba, el sobre de cuero con las escrituras de su taller parecía un objeto extraño, casi radiactivo. Julián, de espaldas a ella, observaba la ciudad a través del ventanal, una silueta recortada contra las luces de neón que, para el resto del mundo, representaban el éxito, pero que para ella solo eran el mapa de su propia demolición.
—Es tuyo —dijo él, sin girarse. Su voz, carente de cualquier inflexión, cortó el aire—. La deuda con el banco quedó saldada a las ocho de la mañana. Ya no eres la
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