El peso de la verdad
El despacho de Julián Varela no olía a hogar; olía a cuero, a papel antiguo y a una precisión quirúrgica que a Elena le erizaba la piel. Mientras él atendía una llamada de crisis en la terraza, su voz baja y gélida cortando el aire nocturno, Elena exploraba la estancia. No buscaba tesoros, sino el origen de la soga que empezaba a apretarle el cuello.
Sus dedos rozaron el borde de un dossier de cuero negro, olvidado sobre el escritorio. Al abrirlo, el aire abandonó sus pulmones. No
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