La llamada de la discordia
El silencio en la suite nupcial no era paz; era el vacío que precede al colapso. Julián Varela dejó la pluma sobre la mesa de cristal con un chasquido que resonó como un disparo. El contrato, una sentencia compartida de tinta y papel, descansaba entre ambos. Elena sintió el peso de su firma quemándole los dedos. Había hipotecado su autonomía para salvar el taller de su familia, pero el aire en la habitación se sentía cada vez más denso, cargado de una electricidad que no era deseo, sino una advertencia.
—Tu mudanza es a las ocho —dijo él, sin m
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