El contrato de las sombras
Elena Valdés empujó la puerta doble de la suite nupcial del Grand Varela con el hombro, porque sus manos temblaban demasiado para girar el pomo con elegancia. El maletín de cuero golpeó contra su cadera; dentro llevaba el contrato, el libro mayor con las transferencias marcadas en rojo y la última notificación del banco: ejecución hipotecaria en seis horas exactas si no aparecían los fondos.
La habitación olía a sándalo caro y a tensión contenida. Julián Varela estaba de pie frente al ventanal panorámico, de espaldas, abotonándose la camisa blanca de gala con movimientos precisos. No se volvió.
—Te dije que no quería interrupciones —dijo sin inflexión—. Si es el equipo de prensa, diles que la declaración está lista.
—No ven
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