El enemigo oculto
El aire en el despacho del Director del Hospital Varela no olía a medicina, sino a ozono y plástico quemado. Julián Varela, sentado en la silla de caoba que alguna vez fue el trono de su tío, observaba cómo las pantallas de monitoreo parpadeaban con un rojo agresivo. La policía federal rodeaba el edificio, sus sirenas eran apenas un zumbido sordo contra el cristal blindado, pero la verdadera guerra ocurría en los hilos de código que Julián intentaba desentrañar.
—El protocolo de autodestrucción se activó al detectar mi entrada —dijo Julián, con la voz tan fría c
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