La última cirugía
El aire en el centro de control del Hospital Varela no era aire; era una mezcla de ozono, sudor frío y la estática de un imperio desmoronándose. Julián Varela, con la mirada fija en el mosaico de monitores, no sentía el peso de la responsabilidad, sino la frialdad del cirujano que sabe dónde cortar para extirpar un tumor. Sus dedos, ágiles sobre la consola, ejecutaban una coreografía de comandos que desmantelaba, bit a bit, la arquitectura financiera del consorcio.
—Están a dos minutos de la puerta de seguridad —dijo Elena,
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