La caída de los peones
El pasillo del ala quirúrgica no olía a desinfectante, sino a la estática fría de los servidores colapsando. Julián Varela caminaba sobre el mármol con la cadencia de quien ya ha dictado la sentencia. A pocos metros, el doctor Salgado —el hombre que durante años había sido el verdugo de la carrera de Julián— intentaba ocultar sus manos temblorosas dentro de los bolsillos de su bata impecable.
—Varela, esto es un error. La junta no permitirá que un paria tome el control del ala —dijo Salgado, aunque su voz carecía de
Preview ends here. Subscribe to continue.