La hora de la verdad clínica
El aire en la suite 402 estaba viciado por una mezcla insoportable de desinfectante de lujo y el aroma metálico del pánico. En el centro, el heredero del conglomerado energético, un joven cuya fortuna personal mantenía a flote la mitad de las acciones del hospital, se debatía en una convulsión silenciosa. Sus signos vitales, proyectados en el monitor central, dibujaban una línea que solo un ciego o un arrogante ignoraría: una disección aórtica tipo A, progresando con la precisión de una sentencia de muerte.
—Es solo una reacción alérgica al contraste, mantengan la calma —ordenó el Patriarca Varela. Su voz era firm
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