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Chapter 8: El último recurso

Julián realiza una traqueotomía de emergencia sobre el escritorio de la oficina portuaria para salvar a Octavio, utilizando la evidencia de la firma 4-0-2-1 para neutralizar la influencia de Arango ante el directorio. Octavio recupera la conciencia y otorga el control del puerto a Julián, marcando el inicio de su ascenso.

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El último recurso

El aire en la oficina portuaria se volvió denso, saturado por el olor a ozono y el sudor frío de los accionistas. Don Octavio se desplomó sobre el escritorio de caoba, sus dedos arañando la madera con una fuerza agónica antes de que sus ojos se perdieran en el vacío. El silencio fue roto solo por el estertor errático del patriarca, una sinfonía de fallo orgánico que marcaba el pulso de una muerte programada. Eran las 7:50 a.m. Diez minutos para que el puerto pasara a manos de Arango.

—¡Doctor Arango, haga algo! —gritó un accionista, retrocediendo hacia la salida.

Arango se mantuvo inmóvil, con una sonrisa gélida que apenas ocultaba su satisfacción. Julián Varga no esperó. Apartó a los hombres de seguridad con una frialdad que silenciaba cualquier protesta.

—Atrás —ordenó, su voz cortante como un bisturí. Sus ojos estaban fijos en las pupilas dilatadas de Octavio. —Sofía, bloquea la puerta. Nadie sale ni entra hasta que yo termine.

Sofía no dudó. Con un movimiento decidido, giró la llave y arrastró un pesado archivador de acero frente a la puerta, ignorando los golpes de los guardias de Arango. En la sala, el pánico de los accionistas se transformó en una parálisis expectante. Julián despejó el escritorio, barriendo los estados financieros y contratos de exclusividad al suelo con un gesto seco.

—¿Qué demonios crees que haces, Julián? —escupió Arango, dando un paso adelante—. Es un paciente terminal, no un sujeto de experimentos. Si muere bajo tus manos, el cargo de homicidio será tu única herencia.

Julián ignoró la amenaza. Extrajo una navaja de bolsillo y un tubo de plástico flexible que había arrancado de un sistema de ventilación.

—Esteriliza esto con el alcohol de la petaca de Octavio —ordenó a Sofía, sin desviar la mirada del cuello del patriarca—. Si no realizo una traqueotomía de emergencia ahora mismo, el edema pulmonar lo matará antes de que puedas pedir auxilio.

Afuera, los golpes violentos contra la puerta reforzada resonaban con la cadencia de una ejecución inminente. Sofía, apoyada contra el metal, sentía el peso de la traición de la clínica en sus manos; tenía los registros financieros que vinculaban la firma 4-0-2-1 con la muerte de otros socios.

—¡Deténganse! —gritó, su voz recuperando la autoridad de su linaje—. ¡Tengo las pruebas de los inhibidores de colinesterasa! Si derriban esta puerta, el fiscal no solo verá un colapso, verá un asesinato planificado.

Los guardias dudaron. El silencio del otro lado fue la victoria táctica de Julián. Con una precisión quirúrgica que dejaba a los accionistas en shock, Julián realizó la incisión. La sangre, una mancha oscura y reveladora, empapó los documentos que minutos antes sentenciaban el fin del puerto.

Octavio soltó un estertor agónico, un sonido visceral que devolvió el aire a sus pulmones. Julián retiró la obstrucción con un movimiento limpio. El patriarca abrió los ojos, su mirada recorriendo a los accionistas hasta posarse en Arango. La autoridad del mentor se desmoronaba; el registro médico con la firma 4-0-2-1, ahora sobre la mesa, era su sentencia de muerte pública.

—Arango —susurró Octavio, con la voz rota pero lúcida—, fuera. Julián... toma las llaves. El puerto no se vende.

Julián se levantó, limpiando el bisturí en un pañuelo. La humillación de Arango era total, pero la guerra apenas comenzaba. Julián ya tenía en mente su siguiente movimiento: comprar la deuda personal de su mentor y terminar de desmantelar su imperio, pieza por pieza.

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