La crisis de la sala de juntas
El aire en la oficina de seguridad del puerto era una mezcla asfixiante de tabaco rancio y el zumbido metálico de un ventilador que apenas movía el calor estancado. Julián Varga permanecía sentado, con las manos esposadas a la estructura de la mesa de formica. Frente a él, el guardia de seguridad, un hombre de cuello grueso, golpeaba rítmicamente el escritorio con una porra corta.
—El patrón dice que eres un ladrón, Varga —escupió el guardia, inclinándose tanto que su aliento agrio invadió el espacio personal de Julián—. Dice que entraste a la oficina de contabilidad para destruir los registros de la transferencia. ¿Qué buscabas? ¿Dinero? ¿O solo querías ver arder el barco antes de hundirte con él?
Julián no respondió. Su mirada estaba fija en el reloj de pared: 7:42 a.m. La transferencia de activos no era solo una transacción; era el clavo final en el ataúd de la familia. Julián sentía el pulso en sus sienes, calculando la vida media de los inhibidores de colinesterasa en el sistema de Octavio. Si el patriarca no recibía el antídoto específico, su capacidad cognitiva colapsaría mucho antes de que el sol alcanzara su cenit.
—No es robo lo que me preocupa, sino el veneno que corre por las venas de Octavio —dijo Julián con una frialdad que hizo que el guardia se detuviera en seco—. Cuando colapse en esa sala, y lo hará, querrás haber estado del lado de quien sabe cómo salvarlo, no del que lo está matando.
El guardia soltó una risotada, pero la duda se reflejó en sus ojos. Antes de que pudiera replicar, la puerta se abrió de golpe. Sofía entró, pálida pero con una determinación que cortaba el aire. Sus tacones resonaron con precisión militar. No miró a Julián, pero sus dedos rozaron el maletín que él le había entregado en el calabozo, el que contenía los registros médicos con la firma 4-0-2-1.
—Es una orden directa del directorio, señorita Sofía —gruñó el guardia, sin soltar el brazo de Julián—. El intruso debe ser confinado hasta que llegue la policía judicial.
—El directorio no ha visto lo que yo he visto en los últimos diez minutos —respondió ella, con una frialdad que hizo que el hombre retrocediera—. Si este hombre entra en esa sala, el contrato que Arango tiene sobre la mesa no valdrá ni el papel en el que está impreso. Desátalo.
El pasillo hacia la sala de juntas fue una marcha forzada contra el tiempo. Julián caminaba escoltado por Sofía, sus muñecas aún marcadas por el metal. Dentro de la sala, el doctor Arango ya estaba moviendo las piezas para la firma final. Al abrir las puertas, el olor a cera vieja y tensión eléctrica golpeó a Julián. Don Octavio presidía la mesa con una rigidez antinatural, sus manos aferradas al borde de roble. Arango, impecable, revisaba su reloj de oro.
—El arresto de Varga fue un error necesario, Octavio —dijo Arango, con voz aterciopelada—. Su inestabilidad mental amenazaba la paz de esta casa.
Julián entró, ignorando a los guardias que intentaron detenerlo. Se acercó a la mesa y arrojó un legajo de documentos sobre el contrato de transferencia. Sofía, detrás de la silla de su tío, sostenía un sobre sellado con manos firmes.
—Su paz, doctor, huele a carbamatos —replicó Julián, su voz resonando en cada rincón de la sala—. Firma 4-0-2-1. La misma que aparece en los registros de medicación de la Clínica Arango desde hace seis años. ¿O debo explicarle a los inversores cómo un inhibidor de colinesterasa se disfraza de tónico para la presión?
El silencio fue absoluto. Arango palideció, sus manos temblando imperceptiblemente sobre el contrato. Octavio intentó levantarse, pero un espasmo le recorrió el rostro y se desplomó contra el respaldo, su respiración volviéndose errática y superficial. Sus ojos buscaron a Julián con un pánico que no pudo ocultar.
—¡Llamen a un médico! —gritó alguien desde el fondo, pero Julián ya estaba sobre la mesa, apartando los contratos y documentos financieros para despejar un espacio sobre la madera pulida.
—¡Nadie sale! —ordenó Julián, mirando a los guardias que bloqueaban la puerta—. Si quieren que el dueño de este puerto sobreviva a los próximos diez minutos, despejen la mesa. ¡Ahora!