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Chapter 10: Chapter 10

Elena es capturada tras descargar las pruebas del Proyecto Saneamiento y llevada ante Doña Beatriz, quien revela su propio origen como heredera ilegítima. Julián, torturado, le advierte que Isabel ha sido trasladada al osario y que Beatriz planea usar a Elena para borrar los registros de ambas hermanas.

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Chapter 10

El zumbido del servidor en el archivo secreto no era un sonido mecánico; para Elena, era el tictac de una sentencia. En la pantalla, la barra de progreso del Proyecto Saneamiento se arrastraba con una lentitud agónica: 84%. Siete días. Ese era el margen que le quedaba antes de que la herencia se convirtiera en un espejismo legal y ella en un cabo suelto. Afuera, el eco de botas militares golpeando el mármol del pasillo principal del santuario se filtraba a través de la puerta blindada. No eran guardias de seguridad comunes; eran los ejecutores de Doña Beatriz, hombres que no hacían preguntas antes de borrar cualquier rastro de disidencia.

Elena apretó los dientes, sintiendo el sudor frío bajándole por la nuca. Podía desconectar la unidad portátil, huir por el conducto de ventilación y salvar su pellejo, pero el archivo se corrompería. Si perdía esta descarga, la verdad sobre el asesinato de su madre se hundiría con ella. Un golpe seco resonó contra la puerta. El metal gimió, cediendo apenas un milímetro bajo la presión de un ariete. El sistema de seguridad había disparado la alerta roja; ella era la anomalía que el sistema debía purgar. Con un movimiento deliberado, bloqueó la puerta desde adentro con una barra de acero, sacrificando su única ruta de escape. La pantalla parpadeó: 98%... 99%... ¡Listo! Arrancó la unidad USB justo cuando la puerta cedió con un estruendo ensordecedor. Dos hombres corpulentos la inmovilizaron contra la estantería antes de que pudiera dar un paso hacia la salida.

No hubo violencia innecesaria, solo una eficiencia aterradora. La arrastraron por los corredores ocultos, lejos de la celda de Isabel, hasta el despacho privado de Doña Beatriz. El aire en la oficina olía a incienso y a papel viejo. Beatriz estaba sentada tras un escritorio de caoba, observando un monitor que transmitía en tiempo real el interior de la capilla. Julián estaba allí, encadenado, con el rostro desfigurado por el castigo. Elena sintió un vacío en el estómago al verlo; él era su única conexión con la legalidad, su único mapa en este laberinto.

—Déjalos —ordenó Beatriz sin levantar la vista de la pantalla—. La curiosidad es un pecado caro, Elena. Has estado husmeando en los cimientos de este pueblo como si fueras a encontrar algo más que huesos y deudas.

Beatriz giró su silla. Sus ojos, fríos como el mármol del santuario, analizaron a Elena con una mezcla de desprecio y reconocimiento. Con un gesto, hizo que sus hombres empujaran a Elena hacia la silla frente al escritorio. Sobre la mesa, una carpeta se abrió, revelando el rastro bancario que conectaba el diezmo del pueblo con el Proyecto Saneamiento. Era una red de desvíos que convertía la fe de miles en el patrimonio privado de la familia.

—Tú no eres la primera que cree que puede salvar a los suyos jugando a la detective —dijo Beatriz con una calma que erizaba la piel—. Yo también fui una heredera ilegítima, Elena. Tuve que tomar decisiones que la moralidad condena para asegurar mi lugar aquí. La diferencia es que yo entendí que el poder no se hereda, se arrebata. Ahora, tienes una elección: únete al legado y asegura la libertad de tu hermana, o observa cómo Julián paga hoy mismo el precio de tu insubordinación en la capilla.

La escoltaron hacia la capilla bajo una guardia estricta. El aire allí estaba viciado, impregnado con el olor agrio a cera quemada. Julián estaba encadenado a una columna, su respiración era un silbido agónico. Elena se acercó, sintiendo el peso de los siete días restantes gravitando en su pecho. Julián levantó la cabeza, sus ojos vidriosos buscando algo que ella ya no tenía.

—Isabel no está en ninguna celda —susurró él, con la voz rota—. La trasladaron al osario cuando el bloqueo policial comenzó. Solo puedes llegar allí si usas el registro de propiedad original, pero si lo intentas, el sistema te borrará. Ella te está usando como pieza de ajedrez para limpiar sus últimos cabos sueltos.

Elena comprendió entonces la trampa: Beatriz no solo quería la herencia, quería que Elena fuera la que activara el protocolo que borraría a ambas hermanas del registro civil. Mientras Julián perdía el conocimiento, la puerta de la capilla se abrió y los hombres de Beatriz entraron, con las armas listas. Elena estaba atrapada, pero en su bolsillo, la unidad USB con el Proyecto Saneamiento ardía como una brasa, el único arma que Beatriz temía más que a la muerte misma.

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