Chapter 11
El aire en el despacho de Doña Beatriz no era solo incienso; era el olor de la clausura, de una vida que se pudre bajo el peso de los siglos. Elena sentía las muñecas laceradas por las bridas de plástico, un recordatorio físico de que su estatus de empleada había expirado. Sobre el escritorio, la pantalla de su portátil emitía un resplandor azulado: los archivos del Proyecto Saneamiento. Siete días. Ese era el margen antes de que la herencia se evaporara en las arcas de la fundación y ella, junto con su hermana, fuera borrada de los registros civiles como un error contable.
Beatriz dejó la copa de jerez sobre el mármol con un chasquido que sonó como un disparo en el silencio de la estancia.
—Crees que eres la primera que llega aquí con un libro negro bajo el brazo, buscando justicia —dijo la matriarca, su voz desprovista de cualquier calidez—. El linaje no se construye con nombres en un acta, Elena. Se construye sobre los escombros de quienes no tuvieron el valor de apretar el gatillo. Yo también fui una bastarda. Una hija no deseada que tuvo que enterrar a sus propios hermanos bajo los cimientos de esta capilla para ocupar mi lugar. La única diferencia entre tú y yo es que yo tuve el valor de tomar el cuchillo.
La confesión no fue un acto de piedad, sino una sentencia. Beatriz no buscaba empatía; buscaba que Elena entendiera que su destino estaba sellado por la misma sangre que ella intentaba limpiar.
Tras ser arrastrada por los guardias, Elena fue arrojada al osario del santuario. El lugar era una trampa de cal viva y humedad metálica. Allí, entre los restos de los olvidados, encontró a Julián. El abogado, otrora impecable, era ahora un despojo humano, con el rostro desfigurado por el castigo de Beatriz.
—Elena… —susurró él, con un estertor que marcaba el pulso de su propia derrota—. Beatriz ha sellado las salidas. El Proyecto Saneamiento no es solo un registro… es una sentencia de ejecución para cualquier rastro legal de nuestra existencia. Isabel está en el nivel inferior, donde guardan los activos que no pueden declarar.
Elena se arrodilló, sintiendo el peso de la unidad USB en su bolsillo. Con la captura de Julián, Beatriz había forzado una aceleración en los tribunales. El plazo se había reducido a seis días. La seguridad del santuario bloqueó los pasadizos, convirtiendo el lugar en un laberinto de piedra y muerte.
Elena tuvo que decidir en un segundo: usar la unidad USB para chantajear a los guardias y ganar una ventaja temporal, o proteger la integridad de los archivos a costa de su propia seguridad. Sacrificó su huida. Se deslizó por los ductos de ventilación, dejando atrás a sus captores, pero quedando aislada en el pueblo, sin aliados y con la cuenta regresiva quemándole la piel.
Refugiada en la vieja iglesia, Elena observaba desde la sombra cómo el pueblo se preparaba para la purga. Con la unidad USB en la mano, se enfrentó a la decisión final. Si publicaba los datos, el Santuario se derrumbaría, pero Isabel seguiría en peligro; si los destruía, ella sería la nueva heredera, pero se convertiría en el monstruo que Beatriz quería que fuera. Sus dedos se posaron sobre la tecla de envío. No había vuelta atrás. La verdad estaba lista para ser liberada, y el precio de su herencia sería la destrucción total de todo lo que conocía.