Chapter 8
El zumbido de los servidores en el sótano no era silencio; era una frecuencia eléctrica que le taladraba los dientes. Elena estaba agazapada tras el rack de comunicaciones, con la espalda pegada al metal frío mientras el aire viciado de la Mansión de la Familia le quemaba los pulmones. Apenas unos metros la separaban de la puerta del cuarto, donde la voz de Julián, quebrada por el terror, resonaba a través de las paredes de pladur.
—¡Se los juro, Beatriz no sabe que ella tiene el original! —gritaba el abogado, su tono perdiendo toda la elegancia que lo definía en los juzgados—. Elena es solo una empleada, no tiene los permisos, ¡es imposible que haya descifrado el acceso al Proyecto Saneamiento!
Elena apretó los dientes, sintiendo cómo el peso de la traición se transformaba en una frialdad quirúrgica. Julián no solo estaba intentando salvarse; la estaba ofreciendo en bandeja de plata como el chivo expiatorio definitivo. Sus dedos, temblorosos pero precisos, se movieron sobre la pantalla táctil del terminal. El mapa de la mansión se desplegó ante ella, un laberinto de pasadizos que no aparecían en los planos oficiales. Un punto rojo parpadeaba en el nivel inferior: una celda de aislamiento, oculta bajo el ala de servicio, marcada con el código de su hermana. Isabel no había desaparecido; la habían reciclado como un activo contable más. Elena se deslizó por el conducto de ventilación, sabiendo que ya no tenía aliados.
Horas después, en el ático de una casa abandonada, Elena analizó el mapa. La celda de Isabel no estaba en el sótano, sino bajo la capilla, una estructura oculta que se alimentaba directamente de los registros del diezmo del pueblo. La revelación le golpeó el estómago: su hermana no había huido, había sido purgada. El acceso requería cruzar el sector este, donde el bloqueo policial se había intensificado. Las sirenas de los patrulleros, que recorrían las calles empedradas como perros de caza, eran el recordatorio constante de que su tiempo se agotaba. Para entrar a la capilla, Elena comprendió que debía usar la misma identidad de 'heredera' que tanto despreciaba, usando los documentos falsos que Julián había dejado en su maletín.
En el puesto de control, el aire olía a ozono y a desinfectante industrial. Elena ajustó el cuello de su abrigo, sintiendo el peso del maletín. Dentro no solo estaban los documentos, sino la prueba documental del asesinato de su madre, un activo letal que ahora era su única moneda de cambio. Al mostrar su identificación, el oficial se detuvo. Sus ojos recorrieron el rostro de Elena con una lentitud que le heló la sangre.
—Te pareces a ella —murmuró el hombre, con un deje de reconocimiento—. A la que llamaban la heredera perdida.
Elena no parpadeó. —Si no me dejas pasar, el fiscal recibirá esta carpeta antes del amanecer. Sabes quién mató a mi madre, oficial. ¿Quieres ser el siguiente nombre en la lista de pasivos?
El hombre retrocedió, su rostro palideciendo. La dejó pasar, pero Elena sabía que la alerta ya estaba en camino a los oídos de Beatriz.
Al llegar a la capilla, el repique de las vísperas le martilleaba las sienes. Entonces, su teléfono vibró con una notificación judicial de urgencia. Expediente 992-B. Plazo de ejecución ajustado a 9 días. Acción requerida: comparecencia inmediata o renuncia irrevocable.
Elena sintió un vacío gélido. Doña Beatriz no solo movía los hilos; estaba cortando la cuerda. Le habían robado cuarenta y ocho horas de margen. Con las manos manchadas de grasa y polvo, forzó el mecanismo de la compuerta tras una cortina de terciopelo. La celda estaba allí, un nicho excavado en los cimientos de la fe del pueblo. En la jamba de la puerta, encontró una nota escrita a mano por Isabel: «Si estás leyendo esto, el saneamiento ya ha comenzado». La celda estaba vacía, salvo por señales de una lucha reciente. De repente, el eco de pasos pesados resonó en la escalera de piedra. Beatriz no solo la estaba buscando; la estaba esperando.