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Chapter 7: Chapter 7

Elena y Julián intentan acceder al Proyecto Saneamiento, pero Julián traiciona a Elena entregando una copia falsa del libro a los hombres de Doña Beatriz para salvarse. Elena, oculta, aprovecha la distracción para acceder a los terminales de seguridad, descubriendo la ubicación de la celda donde estuvo cautiva su hermana.

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Chapter 7

El aire en la sacristía de la iglesia vieja era una mezcla asfixiante de cera rancia y el polvo de los siglos, un refugio que se sentía más como una tumba abierta. Afuera, el ulular constante de las sirenas de la «revisión sanitaria» era el metrónomo de su propia ejecución. Quedaban once días antes de que el sistema de Doña Beatriz borrara su existencia legal, convirtiéndola en un simple pasivo contable, al igual que su madre. Elena observaba a Julián, quien, encorvado sobre un terminal portátil, intentaba penetrar el cortafuegos del Proyecto Saneamiento. Sus manos temblaban tanto que las teclas producían un chasquido metálico y errático.

—Si no entramos ahora, no habrá otro momento —siseó Elena, con la mano crispada sobre el documento que probaba el asesinato de su madre. El papel en su bolsillo era su única moneda de cambio, pero pesaba como una sentencia de muerte.

Julián se detuvo, el sudor le perlaba la frente, borrando su fachada de abogado impecable. Sus ojos, inyectados en sangre, se encontraron con los de Elena. —No es tan simple. El cortafuegos es una arquitectura biométrica. Solo Beatriz tiene la clave de acceso total —susurró él, con la voz quebrada por un terror genuino—. Si intento forzarlo, el sistema rastreará la señal. Ya nos han localizado, Elena. Si no les doy algo, vendrán por nosotros.

La revelación golpeó a Elena con la fuerza de un impacto físico. El 'Libro Negro' no era un archivo digital accesible desde cualquier nodo; era una clave física, una presencia tangible custodiada tras los muros de la mansión. Su tiempo, que ya era escaso, se redujo a una fracción de segundo en su mente. La urgencia glacial de Elena chocó contra la cobardía de Julián.

Minutos después, el callejón trasero de la mansión ofrecía una oscuridad cómplice pero peligrosa. Las botas de los guardias resonaban sobre el adoquín. Julián le arrebató el dispositivo de almacenamiento con una brusquedad que dejó a Elena sin aliento. —Es la única forma —insistió él, enviando frenéticamente un mensaje desde su teléfono—. Les daré una ubicación falsa. Ganaremos tiempo para salir de este maldito pueblo antes del amanecer.

Elena observó la pantalla del teléfono de Julián antes de que él lo guardara. El código de ubicación no apuntaba al sector norte, como él le había asegurado, sino a la entrada principal del servicio. La traición no era una sospecha; era una táctica de supervivencia. Julián no estaba distrayendo a los hombres de Beatriz; los estaba guiando directamente hacia ella a cambio de su propia inmunidad.

Decidida a no ser la víctima de su desesperación, Elena se deslizó por las sombras mientras Julián se dirigía a la glorieta de los jardines. Desde detrás de un seto de boj, observó la escena con el aliento contenido. Los hombres de Beatriz surgieron de la penumbra. El jefe de seguridad, un hombre de rostro tallado en granito, no intercambió palabras. Le arrebató el maletín a Julián y abrió el dispositivo. Elena sabía que la copia del 'Libro Negro' dentro era una falsificación, una trampa de datos diseñada para enviar a los secuaces de Beatriz a un callejón sin salida digital.

Sin embargo, mientras el jefe de seguridad revisaba el contenido, algo cambió. Julián, en un último acto de servilismo, señaló hacia el ala este de la mansión, susurrando algo que el viento se llevó. En ese instante, el jefe de seguridad le hizo una seña a sus hombres. Julián no fue liberado; fue reducido, esposado y arrastrado hacia las cocheras. Elena, aprovechando la distracción, se acercó al terminal de seguridad que los hombres de Beatriz habían dejado desatendido sobre un pedestal de piedra. Al acceder a los registros de vigilancia, sus ojos se fijaron en un plano detallado de la planta baja. Una celda, marcada con el código de su hermana, brillaba en rojo. No era solo un registro bancario; era el lugar donde la habían mantenido cautiva antes de su traslado final. El reloj seguía su marcha implacable hacia el día once, pero ahora, Elena no solo buscaba la verdad: tenía un mapa hacia el infierno privado de su familia.

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