Chapter 6
El aire de la entrada principal del pueblo no era solo frío; sabía a gasolina quemada y al incienso rancio que Doña Beatriz usaba para purificar sus excesos. Elena, con los nudillos blancos sobre el volante del sedán, observó cómo las luces estroboscópicas de los patrulleros rebotaban contra el arco de piedra. No eran policías locales; eran ejecutores con uniforme, hombres de rostro pétreo que no buscaban contrabando, sino la confirmación de una lista. Elena era el nombre que faltaba por tachar en el Proyecto Saneamiento.
—Revisión sanitaria, señorita. Nadie entra, nadie sale —sentenció el agente, sin siquiera mirar su identificación. Su mano descansaba sobre el arma, un recordatorio de que la ley en este pueblo era una extensión de la voluntad de la matriarca.
Elena dio media vuelta, el motor protestando en la quietud de la noche. Tenía once días antes de que la herencia se liquidara y ella fuera declarada un «pasivo contable» sin dueño. El bloqueo no era una medida de seguridad; era una ratonera.
Condujo hasta el despacho de Julián, ignorando la punzada de desconfianza que le provocaba el abogado. Al entrar, cerró la puerta con un golpe seco, el cerrojo encajando como un disparo. Julián estaba sentado en la penumbra, rodeado de legajos, con la piel cenicienta.
—Beatriz sabe que tengo las pruebas —soltó Elena, arrojando el sobre sobre la caoba. El papel, manchado de una humedad oscura, contenía el acta de defunción alterada de su madre—. Me lo confirmó en la cena. Me dejó ver el archivo, Julián. Sabía que me rompería.
Julián no levantó la vista. Sus manos temblaban sobre el escritorio. —No debiste venir aquí. El Proyecto Saneamiento no es una metáfora, Elena. Son listas de activos que han dejado de ser rentables. Mi nombre está ahí, igual que el tuyo. Somos números en un balance de muertos.
—Entonces descífralo —exigió ella, acercándose hasta invadir su espacio personal—. Si es una red bancaria, debe haber una salida, un rastro que podamos usar para chantajear al sistema.
La llevó al sótano, un búnker oculto tras la biblioteca. El zumbido de los servidores era el único sonido, un latido mecánico que marcaba el ritmo de su desesperación. Elena insertó la llave maestra. La pantalla parpadeó en un verde clínico: una estructura jerárquica de activos y pasivos. Allí, bajo el epígrafe de «Pasivos Liquidados», el nombre de su madre brillaba como una herida abierta. No hubo causas naturales. Fue una purga ejecutada con precisión contable.
—La alarma —jadeó Julián, señalando una luz roja que palpitaba en la consola—. La firma biométrica de Beatriz ha detectado la intrusión. Nos han localizado.
Corrieron hacia el callejón trasero mientras las sirenas convergían en la oficina. Julián, con el rostro desencajado, sacó un dispositivo de almacenamiento. —Tengo una copia, una versión alterada. Si se lo entregamos a los hombres de Beatriz, pensarán que es el original. Ganaremos tiempo.
Elena lo miró, buscando una chispa de honestidad en sus ojos inyectados en sangre. No era solo miedo a la muerte; era la mirada de un hombre que ya había decidido su precio. Mientras las luces de los patrulleros iluminaban el callejón, Elena comprendió la verdadera trampa: Julián no estaba salvándola, estaba comprando su propia supervivencia a costa de la de ella. El santuario estaba cerrado, el tiempo se agotaba y, en el silencio de la noche, el sonido de los pasos de los ejecutores se escuchaba cada vez más cerca.