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Chapter 5: Chapter 5

Elena confronta a Beatriz en una cena donde la matriarca confirma su conocimiento sobre la investigación de Elena, entregándole pruebas de que su madre fue asesinada por el 'Proyecto Saneamiento'. Elena huye hacia Julián, solo para descubrir que Beatriz ha ordenado un bloqueo policial total del pueblo, dejándolos atrapados bajo el pretexto de una revisión sanitaria.

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Chapter 5

El comedor de la mansión no era un lugar para comer; era un quirófano social donde Doña Beatriz diseccionaba voluntades. Elena sentía el peso de la llave maestra de Julián contra su muslo, un trozo de metal que, de ser descubierto, equivaldría a una sentencia de muerte inmediata. El reloj de pared, un péndulo de bronce que marcaba el pulso del pueblo, resonaba con una cadencia que le recordaba la cuenta regresiva: once días para la liquidación total.

—La herencia es un concepto frágil, Elena —dijo Beatriz, sin levantar la vista de su plato. Su voz era seda sobre vidrio—. Se desvanece si el heredero no demuestra ser digno de la historia que esta familia ha escrito en los cimientos del santuario.

Beatriz dejó el cubierto. El sonido metálico contra la porcelana fue un disparo en la penumbra del comedor. Sus ojos, desprovistos de cualquier rastro de piedad, se clavaron en Elena. La matriarca no solo sabía de la llave; sabía del vacío que Elena intentaba llenar con los archivos de su madre. Beatriz deslizó un sobre sellado con el escudo de la fundación por la superficie de caoba.

—Tu madre lo entendió demasiado tarde. Ella creía que el cariño podía salvarla de los números. Tú, en cambio, pareces obsesionada con los archivos. Ábrelo.

Elena sintió un frío glacial recorriéndole la nuca. Sus dedos, bajo la mesa, se cerraron sobre la llave. La amenaza no era una posibilidad; era una ejecución en curso. Al salir de la mansión, el aire nocturno del pueblo se sentía cargado de una estática opresiva. Se refugió en el callejón lateral, donde la luz de un farol parpadeaba con un zumbido agónico. Rasgó el sobre.

No era una carta. Era una hoja de cálculo con el membrete del Proyecto Saneamiento. El nombre de su madre, Elena Valdés, figuraba en la columna de «Pasivos Liquidados». La fecha de su muerte no fue un accidente cardíaco; fue el día en que la auditoría de la fundación cerró sus libros. Al final de la página, un apéndice titulado «Proyección de Saneamiento: Fase II» mostraba su propio nombre, subrayado en rojo, con una fecha de liquidación que restaba apenas once días. Su existencia no era una vida; era un error contable que Beatriz estaba a punto de corregir.

Elena corrió hacia el despacho de Julián, con la revelación ardiendo en sus manos. Entró sin llamar, cerrando la puerta con una violencia que hizo vibrar los cristales.

—Ella lo sabe —espetó, lanzando el documento sobre la mesa—. Mi madre no murió de causas naturales. Fue eliminada. Y yo soy el siguiente pasivo en su lista.

Julián se puso en pie, con el rostro descompuesto. Sus manos temblaban mientras apartaba el sobre como si fuera fuego.

—No debiste traer esto aquí. Beatriz ha movido ficha. La policía local no está buscando a nadie; están bloqueando las rutas de salida del pueblo bajo el pretexto de una 'revisión sanitaria'. Nadie entra y nadie sale. Estamos atrapados en una ratonera.

Elena se asomó a la ventana. En la carretera principal, las luces azules de las patrullas cortaban la niebla, sellando el perímetro. El santuario se había transformado en una celda. El reloj no se detendría por su miedo. Con cada segundo, la cuenta regresiva de los once días restantes se convertía en un cronómetro hacia su propia ejecución, y la verdad sobre su madre era la prueba definitiva de que, en este pueblo, la sangre siempre se pagaba con activos.

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