Chapter 4
El aire en la habitación de servicio era una mezcla viciada de cera rancia y el eco metálico de las campanas del santuario. Elena no dormía; el tic-tac del reloj de pared marcaba el ritmo de una cuenta regresiva que devoraba sus últimos once días. Bajo una pila de sábanas, el resplandor azulado de la pantalla revelaba la verdad que el pueblo prefería ignorar: el «Proyecto Saneamiento» no era una obra de caridad, sino un registro contable de purgas. El nombre de su hermana Isabel figuraba allí, marcado bajo el rubro de «gastos de liquidación».
Un golpe seco en la puerta la hizo saltar. Su mano se cerró sobre el dispositivo antes de que pudiera pensar. La cerradura cedió con un chasquido. Julián entró, el rostro descompuesto, la corbata hecha un nudo de desesperación. Sus ojos, inyectados en sangre, se fijaron en el ordenador.
—Beatriz sabe que lo tienes —siseó él, cerrando la puerta con una urgencia que rayaba en el pánico—. Ha ordenado cerrar la auditoría bancaria esta noche. Si no le entrego el dispositivo, mi nombre será el siguiente en la lista de gastos. No voy a morir por tu curiosidad, Elena.
Elena se puso de pie, bloqueando el acceso al equipo. La traición de Julián era previsible, pero el pánico en sus ojos le otorgó una ventaja inesperada.
—Si me entregas, ella sabrá que fuiste tú quien me dio el acceso inicial —dijo Elena, manteniendo la voz firme a pesar de que el corazón le golpeaba las costillas—. Tú eres el contable, Julián. Si yo desaparezco, tú eres el siguiente cabo suelto.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el siseo del viento contra las ventanas del convento. Julián palideció. La realidad de su propia condición de «gasto» comenzó a asentarse en su mirada. Con un movimiento tembloroso, sacó una llave maestra de su bolsillo y la dejó sobre la mesa.
—El archivo privado de la mansión —susurró él—. Es donde guarda los registros originales. Si quieres pruebas que no se puedan borrar de una red bancaria, están allí. Pero si ella te atrapa, no me busques.
Esa misma noche, protegida por las sombras de la hora de oración, Elena se infiltró en la mansión. El archivo olía a pergamino viejo y a una opulencia que siempre le había parecido una afrenta. Al abrir el cajón oculto tras el retrato de la fundadora, sus dedos encontraron la carpeta de cuero negro. El registro de defunciones de hace tres años no era un archivo médico; era un desglose financiero. Sus ojos recorrieron las líneas, buscando el nombre de su madre. Allí estaba, marcado con un código de liquidación: Pasivo eliminado. La caligrafía de Doña Beatriz, elegante y firme, certificaba que el fallecimiento no fue una enfermedad, sino una operación de limpieza financiera.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Isabel no había sido una anomalía; era parte de una herencia que se sostenía sobre la eliminación sistemática de sus propios parientes. El peso de la carpeta en sus manos era una sentencia de muerte. De repente, el silencio de la estancia fue interrumpido por el chirrido de un teléfono antiguo sobre el escritorio. Elena contestó, el auricular temblando contra su oreja.
—Elena —la voz de Doña Beatriz era una caricia de seda, gélida y precisa—. Te espero para cenar. Tenemos mucho que discutir sobre los libros que, según dicen, te gusta consultar.
La cena en el comedor principal fue una lección de terror en silencio. Doña Beatriz presidía la mesa, impecable en su traje de luto, cortando la carne con una precisión quirúrgica que a Elena le recordó el modo en que el 'Proyecto Saneamiento' diseccionaba vidas. Julián, sentado a su lado, mantenía la mirada fija en su copa, sudando frío.
—La curiosidad es un pecado caro en este santuario, querida —dijo Beatriz, sin levantar la vista de su plato—. Algunos libros, Elena, no fueron escritos para ser leídos por los vivos. Especialmente aquellos que contienen la contabilidad de nuestra fe.
Beatriz dejó el cuchillo sobre la mesa con un chasquido metálico. Sus ojos, oscuros y carentes de cualquier rastro de humanidad, se clavaron en los de Elena. La matriarca deslizó un sobre sellado hacia ella.
—Aquí tienes los documentos sobre tu madre. Un regalo de despedida, por así decirlo. La verdad es una sentencia, Elena, y tú estás a punto de descubrir que en esta casa, el diezmo siempre se paga con sangre.