Traición en los muros
El contador digital sobre la consola del estudio de livestreaming marcaba 11 días, 23 horas y 45 minutos. Cada segundo era un latido metálico que me recordaba mi fecha de caducidad legal. Al entrar en mis aposentos, el aire se sentía viciado, cargado con una estática que no pertenecía al lujo de la mansión Lane. El aplique de pared parpadeaba con una cadencia artificial; alguien había manipulado el cableado para ocultar un dispositivo de escucha.
Lancé mi bolso sobre la cama. El peso del segundo fragmento de la clave, recuperado tras el riesgo mortal en el despacho de Octavio, era mi única ventaja. Pero al notar que el estuche de plata de mi madre había sido movido, el pánico me golpeó como un latigazo. No era un robo; era una inspección. Julián me había vendido.
Lo encontré en el estudio, rodeado por el zumbido de las cámaras que transmitían una fachada de éxito familiar mientras la dinastía se desmoronaba por dentro. Al verme, evitó mi mirada con la precisión de un contable que sabe que sus números ya no cuadran.
—Dime que es mentira, Julián —exigí, sintiendo el filo de la clave en mi bolsillo—. El abogado no tiene nada. Solo busca quebrarte.
Julián se pasó una mano por el rostro. Su palidez era absoluta.
—No es una amenaza, Elena. Es una liquidación —dijo, su voz apenas un susurro—. Entregué los registros de tus movimientos porque me prometieron que mi nombre no aparecería en la auditoría. Sabían de mi deuda en las Islas Caimán. Si no les daba algo, me hundirían con ellos.
Sentí un frío glacial. La traición no era solo financiera; era una sentencia de muerte. Antes de que pudiera interrogarlo, el abogado Valerius irrumpió en la sala. Su piel parecía hecha de pergamino viejo y su sonrisa era una herida abierta.
—La curiosidad es un rasgo peligroso en una huérfana, Elena —dijo Valerius, ajustándose las gafas con una lentitud que me heló la sangre—. Especialmente cuando uno no posee ni el apellido ni la sangre que dice defender.
Valerius dejó caer una carpeta de cuero sobre la mesa de caoba. El sonido fue como un disparo en el silencio de la biblioteca.
—He presentado ante el consejo las pruebas de que tu identidad es una falsificación diseñada para usurpar un legado que nunca te perteneció —sentenció.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de un remitente anónimo brilló en la pantalla: “Julián ha sido interceptado en el ala este. Si el libro negro no aparece en el estudio antes de la votación, su silencio será permanente”.
Valerius se giró hacia las puertas de la sala del consejo, con la seguridad de quien ya ha ganado la partida. Tenía el libro negro oculto contra mi costado, mi única arma contra el desfalco de Octavio. Pero la notificación me obligaba a una elección imposible: el libro, que contenía la verdad sobre la ejecución financiera de mi madre, o la vida de Julián. Mientras las puertas de roble comenzaban a abrirse, comprendí que el tiempo se había agotado: el abogado estaba a punto de borrar mi existencia legal para siempre.