El último fragmento
El zumbido de mi teléfono sobre la colcha de seda no era una notificación, era una sentencia. La pantalla mostraba a Julián, mi único aliado, atado a una silla de metal en un sótano que reconocí por las tuberías oxidadas y el eco de las gotas de agua. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaban algo más allá de la lente. Debajo de la imagen, el mensaje era una orden directa: El libro negro por su vida. Tienes hasta el amanecer antes de que el consejo formalice tu desaparición legal.
Faltaban 11 días, 23 horas y 45 minutos para que la ley me borrara del mapa. Mis manos, frías y torpes, deslizaron el dispositivo bajo el doble fondo de mi maleta. El libro negro, pesado como un bloque de plomo, parecía vibrar contra mis dedos. La lógica dictaba que debía entregar el registro y huir, pero sabía que, sin esa bitácora, la verdad sobre la ejecución financiera de mi madre moriría con Julián.
Conduje hasta la casa de campo, un refugio que los Lane habían olvidado, pero que mi madre guardaba como un santuario. El aire allí olía a madera vieja y a los perfumes florales que ella solía usar. Me dirigí al piano, cubierto por una sábana de lino gris que parecía una mortaja. Al retirar la tela, el polvo bailó en la luz mortecina. El instrumento estaba desafinado, una metáfora cruel de mi propia vida. Presioné la tecla central, la que ella bloqueaba para evitar que yo jugara. Un chasquido metálico reveló el compartimento secreto. Dentro no solo estaba el fragmento final de la clave, sino una lista de transferencias offshore que convertían el libro en una sentencia de muerte para todo el consejo de administración.
—El juego de las herencias ha terminado, Elena —la voz de Valerius cortó el silencio como un bisturí.
El abogado estaba en el umbral, su traje impecable contrastando con la decadencia del salón. Su mano derecha se deslizó hacia su chaqueta con una lentitud calculada. Sabía que él era el arquitecto de mi desaparición legal, el hombre que había presentado las pruebas falsas ante el consejo.
—Entrégame el registro —ordenó, dando un paso al frente—. Es la única forma de que Julián vea el amanecer.
Mis dedos se cerraron sobre el fragmento y el libro. La traición de Julián, quien había entregado mis datos para salvarse, pesaba en mi conciencia, pero la idea de verlo morir por los crímenes de los Lane era insoportable. Activé el dispositivo de frecuencia que Julián me había enseñado a manipular, bloqueando los sistemas de comunicación del abogado. Valerius se tambaleó, el pánico cruzando su rostro al perder el contacto con su equipo de seguridad.
—No seré tu peón —sentencié, saliendo a la carrera hacia el almacén de las afueras.
El lugar tenía un sabor a óxido y desesperación. Julián seguía atado, su rostro una máscara de hematomas. Una voz sintética resonó desde las sombras: —Once días, veintitrés horas y cuarenta minutos. Es el tiempo que le queda a Julián si no dejas ese libro en el centro del círculo.
Caminé hacia el centro, fingiendo soltar el libro, pero mientras lo hacía, activé la transmisión de datos hacia el servidor público que Julián había configurado.
—Ya está hecho, Valerius. La información está en manos de la prensa. Si Julián muere, el libro se hace público automáticamente —mentí, aunque la transmisión era real.
Logré soltar a Julián, pero al salir del almacén, el sonido de sirenas y vehículos bloqueando el perímetro nos congeló. La mansión y sus alrededores estaban en bloqueo total. Estábamos atrapados en el terreno enemigo, con la verdad en mis manos y el tiempo agotándose. Julián me miró, su lealtad pendiendo de un hilo, mientras los focos de los coches de seguridad iluminaban nuestra única salida: una trampa mortal.