El segundo fragmento
El reloj digital sobre el dintel de la puerta principal de la mansión Lane marcaba 11 días, 23 horas y 45 minutos. El tiempo no era un concepto abstracto; era una soga que se tensaba con cada parpadeo de las luces del estudio de livestreaming. Me ajusté el vestido de seda, sintiendo el peso del libro negro oculto en el forro interior de mi chaqueta. Cada paso por el pasillo de mármol se sentía como una traición a mi propia seguridad.
Julián me había dado el pase biométrico, pero al acercarme al ala este, el sensor de seguridad emitió un pitido agudo y una luz roja bañó mi rostro. El sistema había sido actualizado. Octavio no solo vigilaba; estaba cerrando las puertas.
—Señorita Elena, ¿se encuentra bien? —La voz del guardia de seguridad, un hombre cuya lealtad tenía precio de mercado, me sobresaltó. Su mirada recorrió mi cuello, buscando el rastro de mi nerviosismo.
—El aire acondicionado está fallando, es todo —respondí, manteniendo la voz firme. Deslicé el dispositivo de Julián bajo la interfaz del panel. El sistema procesó la falsificación durante un segundo eterno antes de que la luz cambiara a verde. Entré.
El despacho de Octavio era un mausoleo de poder. El aire olía a tabaco caro y a papel antiguo. Me moví hacia el escritorio, ignorando el temblor en mis manos. Mis dedos recorrieron la superficie hasta encontrar el pisapapeles de cristal. Lo giré bajo la luz: un microchip, la segunda pieza de la clave, brillaba en su centro como un insecto atrapado en ámbar.
En ese instante, el sonido de pasos pesados en el pasillo me obligó a actuar. Me deslicé bajo el escritorio, presionando mi cuerpo contra la madera fría y el cableado. La puerta se abrió. Octavio entró, su presencia llenando la estancia con una autoridad asfixiante. Lo escuché caminar hacia la caja fuerte oculta tras el retrato de mi abuelo. El chasquido metálico de la combinación fue el preludio de su sentencia.
—La liquidación debe ser total —dijo Octavio, su voz despojada de cualquier rastro de benevolencia—. Si el consejo sospecha que estamos vaciando las cuentas offshore, el juego termina. Nadie cuestionará la desaparición de una heredera que nunca supo gestionar su propia sangre.
Mi corazón golpeaba contra mis costillas. La herencia por la que había arriesgado mi vida era una cáscara vacía, un cebo diseñado para atraparme en su caída. De repente, mi móvil, escondido contra mi muslo, vibró. Un mensaje iluminó la pantalla en la penumbra bajo el escritorio. Mis ojos se abrieron de par en par al leer: «Sé que tienes el libro, Elena».